Opinión

Nuestro ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio

El gobierno talibán de Afganistán fue derrocado por las tropas imperiales de George W. Bush y sus aliados, apenas dos meses después del atentado contra las Torres Gemelas. Aquel régimen de extremismo islámico aplicaba concepciones muy estrictas sobre cómo debía ser la vida de los musulmanes, y rechazaba con fanática violencia cualquier otra postura. El brutal trato discriminatorio a las mujeres fue uno de los aspectos salientes. Los talibán tenían un poderoso y temido Ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, policía religiosa que ejercía el control político y cultural de modo inflexible.

Con las enormes distancias del caso, empezando por el carácter democrático de nuestro gobierno, acá tenemos un remedo de aquellas prácticas controladoras . Eso es evidente en la pretensión obsesiva por construir el relato, por refutar y descalificar a quienes contradicen el discurso oficial, por ocultar de modo sistemático aquellos hechos que perturben o cuestionen el mundo color de rosa que se difunde por una red propagandística de extensión creciente, fondos inagotables y patéticos resultados si se miden en la capacidad de captar la atención mayoritaria del público.

Por cierto, la batería propagandística oficial perdió potencia después de contribuir a la clamorosa reelección de Cristina en octubre. Lo hizo al ritmo de las dificultades crecientes que fueron surgiendo, en más de un caso aumentadas por la torpeza de las decisiones del Gobierno , cuando no provocadas directamente por ella.

Ante la defección creciente de sus vectores de comunicación, la Presidenta decidió ser ella la protagonista excluyente. Entonces fatigó discursos en cadena nacional y en su réplica virtual, esas larguísimas parrafadas en actos oficiales que los canales de noticias transmiten con puntualidad, en vivo y en directo.

Los números impresionan: 43 cadenas nacionales en poco menos de tres años, desde que se sancionó la ley de medios; 11 cadenas nacionales en lo que va del año; 7 en los últimos dos meses; y hace poquito 3 en menos de una semana. Más todas las veces que la Presidenta habló en cadena virtual.

Cuando la prensa reveló estas cifras, a todas luces abusivas, la Presidenta una vez más mostró ser demasiado permeable a las noticias . Sintió el impacto y salió a responder sin intermediarios, porque no los tiene y porque seguramente tampoco los quiere. Y fue así que patentó el formato de “cadena nacional del desánimo” para anatemizar a los medios y periodistas que colectan, procesan y publican informaciones desagradables al humor oficial. Nuevo nombre para un recurso que, además de gastado, empieza a demostrarse inofensivo.

Juan Manuel Abal Medina, jefe de Gabinete que bien podría reclamar para sí la conducción del Ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio que opera en estas playas, creyó necesario hacer los deberes con exceso de celo, una vez más, para congraciar a su jefa. Y tuvo la raquítica idea de calificar como “una estrategia muy aplicada por la derecha en el mundo, para pegarles a gobiernos nacionales y populares” , la publicación de noticias sobre la inseguridad.

Sin contar que ese rubro está en el tope de las preocupaciones sociales en cualquier encuesta –ahora seguido de cerca por la inflación y el empleo– habría que preguntarle a nuestro talibán criollo cuál sería la política editorial correcta en esos casos. Si hay una medida, si esto se publica y esto no, si son aceptables hasta tres casos de entradera por semana o por mes, o si hay una dosificación permitida de informaciones sobre gente a la que balean para robarle el auto, o policías de civil asesinados al identificarse cuando son asaltados.

Quizás el jefe de Gabinete crea que lo más funcional para el modelo y su relato sea la política editorial de los diarios que son afines al Gobierno, por coincidencia ideológica o por pauta publicitaria. En esos diarios casi no hay noticias sobre la inseguridad, como es fácil comprobar. Se relatan algunos casos policiales, pero –oh casualidad– se trata de casos delictivos más o menos tradicionales. Del tipo de delito que tiene en vilo al común de la gente, poco y, mejor todavía, nada.

El relato, para sostenerse en la dificultad, necesita del silencio. Sólo que ni así la dificultad se soluciona, ni el silencio es un beneficio que este sistema vaya a conseguir.

Fuente: Clarin

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