Arte y género
Mujeres que se tatúan para borrar la violencia: una iniciativa que crece en el país
Jueves, 25 de noviembre de 2021
Por: Agencia Télam

Gina Certoma, sobreviviente de intento de femicidio con fuego, pasó de tener un cuerpo lleno de cicatrices a tener un cuerpo lleno de arte gracias a la iniciativa solidaria de tatuadores y tatuadoras que regalan su talento, tiempo, insumos y esfuerzo para borrar las marcas externas de las violencias de género, una movida que crece en todo el país.

La joven de 28 años fue víctima de un intento de femicidio el 2 de enero de 2017 por parte de su exnovio Ezequiel Farina, quien en 2019 fue condenado a 15 años de prisión por este ataque. Como consecuencia de la agresión -que sólo cesó por la intervención de una vecina-, Gina resultó con el 60 por ciento de su cuerpo quemado y tuvo que permanecer cuatro meses internada, sometiéndose a tres intervenciones quirúrgicas semanales.

"Como te ve la gente cambia un montón: si veían las cicatrices me preguntaban: '¿Qué te pasó?' Pero hoy me ven y me dicen: '¡Qué buenos están tus tatuajes!'. Eso me ayuda a salir adelante", agregó la joven empleada bancaria a poco de arribar al estudio de tatuaje para una nueva sesión de la cual participó un equipo de Télam.

Exultante, vital y optimista se la ve a Gina mientras muestra con orgullo sus tatuajes con diferentes versiones de mujeres guerreras, diosas, la emperatriz egipcia Nefertiti, distintos animales y una leona. "La leona es por mi mamá, que cuando estaba internada me decía que yo era su leona", contó a la agencia Télam.

La joven además integra el grupo "Los fénix de Mandinga", una verdadera familia conformada por 25 personas de diferentes edades que accedieron a alguno de los "tatuajes sanadores" de la Fundación Mandinga Tatoo.

El fundador de este mítico estudio, que tiene su casa central en Villa Lugano de Buenos Aires, es Diego Staropoli (50).

"Yo tatué mucho, sin parar, desde los 20 a los 41 años, de manera comercial. Después me dediqué a la parte más empresarial del negocio, a organizar la exposición de tatuajes y un programa de TV, pero ellas me trajeron de vuelta a estar activo y hoy me dedico solo a esto", dijo a Télam Staropoli.

La primera incursión en los "tatuajes sanadores" fue la reconstrucción de areolas mamarias a mujeres que habían atravesado una mastectomía.

"Como todas las mujeres de mi familia padecieron cáncer de mama -mi abuela primero, mi vieja, mi tía-, inicié esto como un homenaje a ellas sin saber que iban a ser tantas porque ya llevamos 1.736 tatuadas", compartió.

"El tatuaje sobre cicatrices de la violencia apareció hace un año y medio, casi por accidente, porque vino una chica que tenía el 70 por ciento del cuerpo quemado. La empezamos a tatuar y el caso se hizo viral. Luego vino otra y otra más, ya tatué a 16 personas y dejé de anotar en lista de espera cuando llegué a las 100 porque son trabajos que llevan meses", explicó.

Es que tatuar cicatrices "es un desafío enorme" porque "te lleva muchísimo más trabajo", pero el hecho de saber que esas marcas fueron consecuencia de las violencias, reflexionó Staropoli. "A mí me genera muchísimo más compromiso" porque a esas mujeres "yo no les puedo decir 'no, estás muy quemada, no me animo'".

Por eso, "una vez que las citamos, el 'no' no existe", al punto que "a veces me pregunto cómo hago para tatuar ahí arriba, pero es tener ganas y amor por lo que haces, no hay mucho más que eso".

"Las historias siempre son duras, fuertes. Yo como hombre siento que estamos en deuda, lo que hace que el tatuaje sea hecho con mucho amor, no hay manera de que sea de otra forma", agregó.

Esa primera persona que contactó a Staropoli por redes sociales para consultarle si sus tatuajes solidarios se podían hacer extensivos a las sobrevivientes de violencias fue Jessica Mela (38), quien hoy trabaja como recepcionista en el local de Mandinga Tatoo.

"Yo viví 12 años tapándome, sin mostrar los brazos y piernas, con un pañuelo al cuello y sin poder ir a una playa o pileta, porque no podía soportar las miradas del resto, que es lo más duro", relató Jessica, quien sufrió un intento de homicidio de su exnovia en 2008, bajo una modalidad idéntica a la de Gina.

"Él me dijo que si yo era constante, en tres meses me tatuaría toda y me cambiaría la vida y así fue. Cuando me vi la primera vez no lo podía creer. Si bien sabemos que las marcas siguen estando y nos van a acompañar siempre, todo es mucho más llevadero porque volvemos a gustarnos, a sentirnos cómodas con nosotras mismas", reflexionó.

Hoy Jessica está "aprendiendo a hacer perforaciones" para piercings y confesó que "a veces me dan ganas de empezar a tatuar porque me gustaría cubrir cicatrices" y así ayudar a otras mujeres como Diego la ayudó a ella, pero aún tiene dudas porque "soy mala para dibujar".

El diciembre próximo, la iniciativa "tatuajes sanadores" tiene dos grandes eventos de difusión. Por un lado, a partir del 5 se podrá ver en el exedificio Canale la muestra fotográfica "Los fénix de Mandinga", que refleja el antes y después de 15 sobrevivientes de violencias. Y el 26, Staropoli y su familia inician en Ushuaia, Tierra del Fuego, una recorrida continental que los llevará hasta Alaska, cubriendo cicatrices de manera gratuita en diferentes ciudades.

"Lo haremos en convenio con organizaciones de cada lugar y, como son tatuajes que llevan mucho tiempo, la idea es empezarlos y después que lo continúen tatuadores locales", dijo Staropoli.

Hasta ahora tienen confirmados trabajos en Ushuaia, Santiago de Chile, Lima, Quito, Cali, Medellín, Cartagena, Panamá, San José de Costa Rica, San Salvador, Tegucigalpa, México DF, Querétaro, Nueva York, Miami y Orlando; pero día a día se suman más ciudades.

*LÍNEA 144: atención, contención y asesoramiento en situaciones de violencia de género. Por WhatsApp: +5491127716463.  

"Las heridas que no se ven tardan un montón en sanar, no es fácil, es un proceso de resiliencia muy largo. No es que de un día al otro decís 'ya está, ya me curé'. En mi caso ya pasaron 5 años y a veces duele, es un dolor muy interno, pero voy saliendo adelante", concluyó Gina Certoma.

Por: Alicia Alvado. 

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