Libros y teatro
Entrevista con el autor de "Alfredo Alcón, el actor de la utopía"
Martes, 16 de noviembre de 2021
Por: Agencia Télam

El crítico cultural, poeta y teatrista Osvaldo Andreoli es el autor de "Alfredo Alcón, el actor de la utopía", libro donde plasmó los contornos de un artista que, destacó, "soslayó el facilismo, la rutina y lo comercial".

"Alcón encarnó un proceso de crecimiento que incluye su dignidad social y política", abundó Andreoli en diálogo con Télam sobre el actor al que dedicó el texto cuyo título remata en "Artista en su tiempo", que la editorial Leviatán publicó en 287 páginas salpicadas de numerosas fotografías.

El arraigo de Alcón en la memoria colectiva se refuerza por los personajes emblemáticos que encaró, tanto en el cine como en el teatro. Según Andreoli, "penetró en el sentido común. Tuvo una trayectoria singular: desde la superficialidad del "cine de los teléfonos blancos" hasta el de Torre Nilsson, David José Kohon y Leonardo Favio. Y en el teatro supo elegir las obras con jerarquía artística".

"En el capítulo titulado 'El abrazo de Alfredo Alcón' -abundó- digo que su vigencia en el imaginario popular tiene más de medio siglo. Forma parte de nuestro propio tiempo de vida. Su trayectoria acompañó las diversas etapas de nuestra existencia social y personal."

-¿Cuál fue la principal característica de Alfredo Alcón?

-El carisma de su presencia en el escenario arrebató al público; es la instancia del momento intransferible del teatro. La caracterización de los personajes de Shakespeare, Ibsen, Pirandello y Miller están grabados a fuego en la memoria de los espectadores. Tanto como su despliegue en "Los caminos de Federico", dedicado a García Lorca. Sus giras y recitales eran frecuentes.

-¿Es posible que fuera justamente la TV la que le diera el espaldarazo?

-En 1964 la emisión por Canal 13 de "Hamlet" superó los 60 puntos de rating, un acontecimiento en la historia televisiva del país. Solo se conservan fragmentos. Forma parte de la desaparición del patrimonio cultural y visual, por negligencia cómplice o inquina personal e ideológica. Alcón no solo fue el mejor actor de su generación, sino también del siglo. "Comparado con nosotros estaba fuera de concurso, por presencia escénica, por su voz, por su talento, y porque siendo bellísimo no se aprovechaba de eso", dijo recientemente Pepe Soriano.

-¿Cómo era la relación de Alcón con la TV?

-¿A propósito del tema del rating televisivo, en una entrevista Graciela Borges recuerda lo que le decía Alfredo: "Está bueno lo popular, pero lo populachero se cae a pedazos". En mi libro menciono los trabajos conjuntos en el cine, desde "Zafra" (1958), de Lucas Demare, donde ambos aparecían muy maquillados, él sin el "physique du rôle" apropiado. Destaco una soberbia secuencia de "Piel de verano" filmada por Torre Nilsson en 1961. Es en la playa del mar uruguayo, cuando ella descubre la cicatriz de la operación en la espalda de él. El relato de Alcón tiene un toque hamletiano. Otro feliz encuentro de la pareja fue en "Saverio el cruel" (1977) de Ricardo Wullicher. En la mansión de su clienta, el mantequero queda deslumbrado por su belleza.

-¿Cuál es, a tu entender, la relación entre el actor y el hombre?

-Los sucesos de su vida personal son insoslayables, así como el registro de acontecimientos que nos conciernen. En este sentido Roberto Cossa me escribió que pudo comprobar que "se trata de una biografía muy bien informada y muy bien escrita". Participé de sucesos que narro y de la pugna en el campo intelectual. Por ejemplo, Teatro Abierto fue un movimiento de resistencia a la censura bajo el terror de Estado, donde se hizo presente el actor emblemático. En el Tabarís, donde prosiguieron los espectáculos después que fue quemado el Picadero, Alcón recitó "Poema para un niño que habla con las cosas", de Raúl Gonzalez Tuñón, y homenajeó a Leónidas Barletta, fundador del Teatro del Pueblo, el primer teatro independiente.

-El enfoque difiere de las biografías ya publicadas.

-En mi concepción ensayística, la reflexión se transfigura ante el acontecimiento artístico. Al recrear ese impacto, como en el caso de páginas dedicadas a su "Rey Lear" o a su "Enrique IV", aparece un texto poético, la llamada poesía en prosa. Quizás por eso Raúl Serrano me escribió: "Has logrado plasmar tu admiración por el gran Alfredo". La presencia de Alcón atraviesa una época y permite atar cabos, indagando en los contextos de su actuación, arriba y abajo del escenario. Y cada intervención suya tuvo su relieve, creando otra escena inquietante en las entrevistas. O en los gestos solidarios: su participación en el primer homenaje a las Madres de Plaza de Mayo, la elegía al maestro asesinado (Carlos Fuentealba) o su lectura canónica de la carta de Rodolfo Walsh.

-¿En qué se diferenciaba Alfredo de los otros actores?

-No hay un método, técnica o secreto profesional que garantice la obra de arte. Adentrarse en los laberintos de la actuación implica reconocer el problema. Alfredo había aprendido técnicas actuación en el antiguo Conservatorio Nacional dirigido por Cunill Cabanellas. Allí era preponderante la dicción interpretativa, la declamación.

Tenía 14 años cuando conoció a otros discípulos que después se destacaron, como Ernesto Bianco, María Rosa Gallo, Inda Ledesma y Eva Dongé. Se sintió marcado por actrices como Milagros de la Vega y María Casares, recalcó que a él lo había impactado la gente con intensidad, una intensidad más interior que exultante. Sostenía que los recursos de cada actor son muy personales; algunos necesitan mucha teoría, otros no. Él no aplicaba siempre un único método. Un recurso al que apelaba continuamente era leer mucho la obra.

-¿Cómo se llevó con los estilos en boga durante sus años centrales?

-Frente a lo evocativo e introspectivo, dio primacía a la capacidad lúdica y al imaginario actuante. Soslayó la boga del método del Actors Studio. Prefería no hurgar en los sucesos de la propia biografía para despertar el sentimiento. Sin embargo, para aclimatarse, practicaba la concentración previa en el camarín. Sin recurrir al psicoanálisis. Alfredo desdeñaba el éxito fácil y lo inauténtico, formas de la alienación artística: "Puede pasar que con un teatro muy lleno, uno empieza a responder a otras necesidades, que son las de la gente que te rodea, y después te vas olvidando de por qué te dedicaste al teatro. ¿Para que hubiera mucha gente a tu alrededor? ¿O era porque le querías contar algo a alguien?", decía.


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