Opinión
Esos días de lluvia
Domingo, 14 de noviembre de 2021Myriam Ruiz - @myriamruizbarrio

Me detengo a mitad de la calle, expectante por cómo el gris del cielo se hace más y más oscuro. Huelo el cambio de humedad un segundo antes que los añosos árboles comiencen a bailar primero lentamente al son de la brisa, para luego hacerse imponentes mientras el viento los desata. A lo lejos, un trueno quiebra la pulcra quietud de esta tarde y la primer gota se estrella en el pavimento.

Desde pequeña amaba los días que traían a la lluvia consigo. El solo hecho de despertar en medio de la noche y escuchar las gotas repiquetear contra el cristal de la ventana me producía -y me produce- estallidos de luz en el alma, como pequeñas luciérnagas en la noche.

Hermosos días de aguaceros. Ninguno es igual al otro. Cada uno tiene su carga de música, de agua, de tristeza si tenés goteras en el techo, de alegría si tenés botas amarillas para saltar de charco en charco.

Hay momentos en que la humanidad amanece gris y la capa de nubes encierra como una cúpula al mundo sin dejar un resquicio por donde se cuele el sol. Son días de lluvia intermitente, suave y fría como copos de algodón, pero a la vez persistente y terca. Una llovizna que no deja de caer y que, sin que te des cuenta, te empapa hasta los huesos.

Esa llovizna otoñal, aunque muchas veces llega en vísperas del verano, se afinca días enteros sobre mi tierra. Se enseñorea con los pastos haciendo brillar cada hoja, reviviendo cada flor, despertando de su letargo de crujiente aridez al desierto.

El viento llega mucho antes golpeando puertas y ventanas, encerrando la vida en improvisados refugios

Hay otros días en que el agua llega sorpresivamente y con una fuerza brutal. Son las tardes de tormentas. La luz se pinta de un violeta oscuro compartiendo color con las enormes masas de nubes que avanzan desde el horizonte. El viento llega mucho antes, llenando el aire de polvo, arrastrando hojas, desnudando arbustos, golpeando puertas y ventanas... encerrando la vida en improvisados refugios.

Existe un momento único, cuando la tormenta se prepara, en que me gusta salir a la intemperie y enfrentarla. Justo un instante antes que caiga la primer gota, cuando el viento amaina y el aire se torna pesado y dulce por el aroma de las flores que se abren a la humedad. Escuchas el primer trueno y todo a tu alrededor se acalla.

Las tormentas que no traen la cruel navaja del granizo son hermosas y su sonido profundo como si escucharas el fondo del mar. 

Los relámpagos se suceden, descubriendo trozos de vida como flashes gigantescos y cada uno de ellos es seguido por el violento tambor de la naturaleza viva.

El agua inunda el mundo en un momento. Las plantas parecen agradecer la agresiva caricia de las gotas y te descubres, en medio de ese espectáculo, como mero espectador.

Todo ocurre a tu alrededor tal como ocurrió durante milenios. El agua que te empapa es la misma que cayó siglo tras siglo sobre distintos paisajes del mundo y es entonces cuando sabes, con la sabiduría de la tierra, que eres algo efímero en esa grandeza.

Me preguntas qué me pasa con los días de lluvia. Pues sólo esto. Sólo esto.

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