Extraño el mar, como extraño a papá y el mundo sin heridas
Domingo, 20 de junio de 2021Por Myriam Ruiz.
Por: Myriam Ruiz - @myriamruizbarrio

Extraño el mar. Como extraño pasar tiempo con mi hija y como se extrañan las cosas sencillas de la vida.

Extraño el mar, como extraño a la montaña y a mis amigos asomando con una botella de vino bajo el brazo o con las tortitas para el mate, esa invitación a la charla que antes llegaba sin preaviso y se instalaba en tu casa, en el patio, en algún parque y te permitía desandar caminos, hilvanar recuerdos, quitarte por un momento el barbijo del corazón.

Extraño la montaña y el verano, como extraño la vida sin heridas.

Es tan rara la realidad que transitamos. Momentos que nos quedarán marcados para siempre, en la fibra de cada uno de nosotros, y también en la memoria universal.

A lo largo de esta extensa pandemia se ha ido preguntando a niños, adolescentes, jóvenes qué es lo que más extrañan. Una y otra vez narran que extrañan la vida misma, con imágenes tan sencillas como una juntada con los amigos a remontar barriletes o jugar un fulbito; o bailar; o también, en las fases más duras que muchos países han y hemos pasado, estar con tíos y abuelos, compartir tiempo precioso con los primos.

Sin dudas que hemos aprendido mucho en pandemia, y que cambiamos estilo de vida. Por el covid, millones de niños han vivido un retorno al hogar debido a que sus padres se quedaban en casa por la cuarentena. Muchas tradiciones hogareñas se recuperaron en este año y medio, aventuras tan sencillas como hornear, hacer pochoclo, compartir películas o juegos en familia.

Pero también perdimos mucho.

Sociólogos explican que la vida normal, la de siempre, es una repetición de historias y momentos distintos que nos ayuda a consolidar recuerdos. Es una vida en episodios, con inicio y final. Ahora, en pandemia, cuando tenemos oportunidad de conversar tenemos menos caminos hechos, menos cambios y transformaciones en el día a día... tenemos menos historias que contar. Y eso duele.

A medida que se cancelan las vacaciones y se posponen conciertos, bodas, cumpleaños, eventos a los que siempre concurrías y que ahora no están, pues tenemos menos cosas de qué hablar.

Por eso, cuando digo extraño el mar en realidad estoy diciendo que extraño ver a los niños libres, jugando con sus amigos en plazas y calles; embarrándose las sonrisas unos con otros.

Extraño ver las plazas de mi pueblo llenas de vida, con música y guirnaldas de luces en las noches de domingo.

Extraño llegar a casa de mi madre y abrazarla. Y decirle que todo va a estar bien, que un año más es sólo eso: más vida vivida.

Extraño viajar a Mendoza, a Buenos Aires, a la fría Patagonia, o soñar con conocer el Caribe, Europa, la luna... esa libertad que te dan los sueños y los proyectos.

Extraño proyectar mi vida con mi amor. Hacer las valijas y, sin más, recorrer el mundo. Ese mundo que cabe y llena... cada agujerito del alma.

Extrañaremos también las mudanzas imprevistas: ir de la casa a la escuela; de la escuela a la plaza; de la plaza a tomar la merienda en casa de un amigo; y de allí a quién sabe dónde. Eso era la vida.

Extraño vivir sin miedos. 

Son días en que uno mismo se siente como un extraño, no? Donde sentís que debés caminar en otra dirección, y reír con otro tipo de humor.

Son días en que nos sentimos un poco de otra época, decía alguien en un escrito. "Me siento como un viajante, como un turista todo el tiempo en casa".

Por eso, una vez más, cuando digo extraño el mar... estoy diciendo que extraño a papá.

Y lo extraño con su concepto sencillo y honroso de la vida, lo extraño leyendo las paredes que alguna vez llamaron la atención a Galeano.

"Dicen las paredes en el sector infantil de la feria del libro, en Bogotá:

El locoptero es muy veloz, pero muy lento.

En la rambla de Montevideo, frente al río mar:

Un hombre alado prefiere la noche

A la salida de Santiago de Cuba:

Como gasto papeles recordándote.

"Como gasto papeles, recordándote", es tan parecido a esa vida que ya no está, pero pronto volverá.

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