Columna del domingo
La alegría, ese estado del alma
Domingo, 16 de mayo de 2021Escribe Myriam Ruiz.

Hay toda una literatura escrita sobre quienes vivieron y sobrevivieron a la Primera o Segunda Guerra Mundial, pero no sé quién escribirá sobre nosotros: sobre estas generaciones que estamos transitando esta guerra -individual y colectiva- contra el coronavirus. Una lucha silenciosa contra un enemigo invisible que ya ha contagiado a más de 160 millones de personas en el mundo, y provocado la muerte de casi 4 millones de ellas.

Dicen los que saben, que es en estos tiempos difíciles cuando uno debe apelar a todo el bagaje de buenas cosas que ha ido reuniendo en el camino -esa mochila de cosas lindas que uno guarda en el bolsillito del alma- para sacar fuerzas y seguir adelante. Samuel Smiles, escritor y reformista escocés, decía que apostar a la sonrisa sana. "La alegría ha sido llamada... el buen tiempo del corazón", escribió en uno de sus libros.

Miguel Delibes, uno de los grandes escritores de la lengua española contemporánea junto con Camilo José Cela, recurría por su parte a reflejar la alegría cotidiana de la gente. Esa cuota de "cosa linda" que tenemos todos, y que tienen nuestros pueblos, pero que no siempre se ve.

Delibes tenía una gran honestidad para reflejar al ser humano corriente, al vecino de pueblo o de ciudad. Era "un gran explorador del alma humana", dijeron de él el año pasado, al cumplirse 100 años de su nacimiento.

Este gran escritor español cobró notoriedad en 1947 al recibir el Premio Nadal por su obra La Sombra del Ciprés es Alargada, un viaje por lo que será una constante en sus narrativas, la infancia, la vida y la muerte. Fue caricaturista, director de periódicos, escritor de muchas novelas. Fue nombrado Miembro de la Real Academia Española y recibió en 1983 el Premio Príncipe de Asturias de Las Letras.

Hay un pequeño libro de Delibes, de esos que te encuentras en las librerías de viejo, con una tapa colorida y naturalista: "Historias de Castilla La Vieja". Una novela escrita a finales de los sesenta y ambientada en los pequeños pueblos castellanos de inicios del siglo XX: pueblos de labriegos, ganaderos, cazadores, mujeres de su casa, curas y jóvenes -como no- que dejaban el pueblo para irse a estudiar o trabajar a la ciudad.

Delibes narraba la belleza cotidiana, concebida por muchos como la monotonía del día a día. Las charlas de las mujeres en las veredas; el saludo entre el panadero y el lechero que pone un timbre especial a las mañanas; las risas de los niños en las calles, detrás de una pelota o un barrilete; la mirada distinta de los cazadores, que más que cazar obtienen una excusa ideal para caminar el monte y la montaña para así admirar lo que el sol, la lluvia, la primavera o el otoño van logrando en ese paisaje, trabajándolos cual orfebres. Entendiendo, claro, que "cazar perdices" es en realidad un duelo, un desafío, una batalla justa en la que tanto el cazador como la perdiz dan lo mejor de sí.

¡Qué pequeñas cosas las que daban vida a sus narraciones! ¡Qué sutileza la requerida para entender que esos senderos de tierra y piedra que aparecen en sus cuentos son, en verdad, los sinuosos caminos de la vida!

¿Y qué, si no es eso, la vida? Miguel Delibes creció en una España atravesada por el dolor de la Segunda Guerra Mundial y por la Guerra Civil Española. Por lo que su mensaje de rescatar lo pequeño de cada día era justamente eso, enfrentar la breve hazaña de vivir con esperanza.

"Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas. Que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos", dice en su libro.

Que ese regalo nos acompañe en estas épocas de tormentas y pesares.

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