Opinión
Historias de la UTI, un día en la terapia covid
Domingo, 9 de mayo de 2021Myriam Ruiz - @myriamruizbarrio

Despierto y el olor a lavandina, a blanco, a pulcro se cuela a través de laberintos de neuronas hasta hacerme reaccionar. Me nuevo apenas, para no desconectar nada de lo que me mantuvo a salvo, de este lado de la vida, durante días. Una eternidad. Cielo e infierno. Dolor y redención.

El sonido que me despertó aún sigue pitando, avisando con urgencia que alguien no tuvo la misma suerte que yo. Miro esa línea a la distancia, esa desconexión entre el cielo y la tierra que tantas veces sentí que era la mía. Enfermeros y médicos corren, alguien más rompe la telaraña del silencio ante la falta de aire... yo los miro, me miro, miro por la ventana a la gente que, lejana, sigue haciendo su vida normal... cuando ya nada es normal.

(...)

En los hospitales de todo el mundo la historia es la misma, las anécdotas similares, las vidas salvadas y las que se llevó el covid... idénticas. Profesionales de la salud batiéndose en un mismo duelo global contra ese enemigo invisible que se transformó en "el malvado" de este inicio de década. El 2020 quedará para siempre en la historia, sin dudas, marcado como la cicatriz de una herida del año en que la pesadilla del coronavirus llegó a nuestras vidas.

Y quienes transitan por los pabellones covid de los hospitales, o por las terapias intensivas y viven para contarlo, dicen lo mismo: ¿qué estamos haciendo? ¿qué está haciendo la gente en las calles, viviendo como si nada ocurriera? ¿en qué piensan aquellos que siguen juntándose clandestinamente, sin barbijo, compartiendo tiempo, abrazos, bebidas... mientras cientos, miles, millones de enfermeros y enfermeras, médicos, personal de limpieza se afana en torno a esas camas durante las 24 horas del día y de la noche, cuidando a quienes ya no pueden respirar por sí mismos.

No querés estar en esas camas, eso es seguro. No querés, no queremos, pasar tiempo mirando las luces de una sala blanca, impoluta, dependiendo de un hilo de oxígeno que nos llega desde una mascarilla o desde un respirador. No querés pensar en que dejás a tu familia afuera de esos vidrios herméticamente cerrados porque mientras vos luchás por tu vida ya no podés cuidar de ellos.

Así lo narraba el jefe de la terapia del Hospital Austral, que luego de lidiar durante meses contra el covid enfermó él mismo y terminó internado en su propia área, a cargo de su propio equipo.

Pratessi lo pasó mal, muy mal, pero pudieron sostenerlo en terapia intermedia. En cambio su hijo, de 21 años, yacía a pocos metros de él, en la propia UTI que comandaba su padre, conectado a un respirador. "El sufrimiento de no poder ayudar a mi hijo cuando no podía respirar me despierta cada noche, cuenta este jefe de terapistas. La pesadilla ya es historia. Ahora es un pedido a la gente de que se cuide".

"No hacemos milagros", añade además Pratessi (este médico que transitó también, como tantos otros, como paciente de una unidad UTI. "Somos el último escollo que tiene la gente entre la vida y la muerte; una herramienta, tal vez, de alguna fuerza superior. Vivir la terapia intensiva es una guerra siempre. Somos soldados. Necesitamos las armas para combatir la guerra que haya que dar... un fusil sin balas no sirve... un terapista sin elementos ni protección, tampoco". 

Tamaño del texto
Comentarios
Tu comentario
Más de Opinión
Pampa Azul, mirando al mar
Escribe: Marcelo López Álvarez.
Agenda marcada y en cuenta regresiva
Escribe: Luis Abrego.