Sociología espontánea y hastío: los males de la epidemia
Domingo, 11 de abril de 2021Myriam Ruiz - @myriamruizbarrio

El otoño vuelve a visitar nuestras tierras y, con él, el temor a la segunda ola de coronavirus ha vuelto a golpear con fuerza no sólo a quienes van enfermando, sino a la sociedad en su conjunto. A todos nosotros.

Nuevamente volvieron los anuncios oficiales de restricciones a la circulación de personas y a ciertas actividades. Ya no podemos circular durante la noche salvo los esenciales; no se pueden realizar deportes en espacios cerrados salvo con un mínimo de personas; otra vez tenemos que cuidarnos, y mucho, del otro. Otra vez volvió la distancia mínima necesaria, el vacío del extrañar al otro... el abrazo que debe, y puede, esperar.

Una vez más, la humanidad (al menos en este hemisferio del planeta) debe contener el cariño y la necesidad, y aceptar que el único modo de pelearla es justamente el aislarse preventivamente.

¿Estamos más o menos preparados para ello? La pregunta no deja de hacerme ruido porque si bien ya tenemos un año de lucha contra la pandemia, también es cierto que esa larga cuarentena 2020 resquebrajó el ánimo y la moral de muchos, comenzando por los más jóvenes de la familia.

Y no sólo ellos... La OMS ha descrito un fenómeno que viene ocurriendo con la segunda y tercer ola de covid en el mundo, y que tiene que ver con una especie de rebeldía, hastío y tristeza que por cansancio va ganando a la gente.

Y esto obviamente es un problema. Un problema con el que tienen que lidiar los Estados, cuando enfrentan aumentos explosivos como el que está ocurriendo en Argentina que en una semana duplicó los casos: 24 mil casos este viernes en el país y casi mil diarios en Mendoza. La luz roja de alarma está encendida. 

El segundo problema es que -tal como ya se habla en los círculos sociológicos internacionales- la epidemiología es portadora de una sociología espontánea que no se condice ni con los comportamientos normales de la sociedad ni, mucho menos, con las transformaciones que ha impuesto la pandemia.

Esto quiere decir que todos sabemos que estamos ante algo más grande que los gobiernos. Algo que está poniendo a todos los sistemas conocidos de rodillas. Por lo tanto, la recuperación de niveles de vida previos a la pandemia será dura, a largo plazo y generará todo tipo de transformaciones. 

Nuevamente vendrán ajustes en el consumo, pero también en la expectativa y en los planes de vida. 

Los sociólogos ven una nueva moral que está surgiendo en todo el mundo, anti-cuarentena. Y han registrado algunos aspectos que hacen que haya una resistencia más grande a protegerse y proteger al otro.

La primer clave de la que hablan es la rebeldía -hay un relajo en el autocuidado y por ende a las normas impuestas-. La segunda es una menor percepción del riesgo (y en esto, la vacunación llevó a que vaya perdiendo fuerza el temor en un gran segmento de la población). La tercer clave es el hastío (esto de... ¿cuándo acaba?); la cuarta es el dolor del duelo (mucha gente perdió seres queridos y no pudo despedirlos... se habla de duelos inconclusos). Hay un quinto y sexto aspecto narrado a nivel mundial: el aumento de enfermedades mentales y las olas de protestas masivas en distintas ciudades. 

Todo esto, puesto sobre la mesa, sólo indica que la adhesión a un proyecto colectivo de sanidad tiene el límite -ya conocido- del aguijón de la necesidad.

Las expectativas políticas deben ajustarse a ese conocimiento, superar todas las narrativas y metáforas para encontrar reales caminos que lleven a la población a preservar su salud y la del Otro.

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