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Entre los dólares y los alimentos
Domingo, 20 de diciembre de 2020Por Marcelo López. - @marcelopez2202

 Se fue la última semana completa de un año signado por los imprevistos, la tragedia y sucesos inesperados. Por convulsiones globales que solo reafirman la finitud de cualquiera de nuestros proyectos o ideas.

El ex presidente Menem (por estas horas luchando por su vida) popularizó durante su mandato una frase que quedó como sinónimo de que los destinos están marcados, pero a la vez son impredecibles para nosotros; "Nadie muere en las vísperas" repetía como un mantra. Si algo aprendió este año este mundo globalizado e interdependiente es que tampoco nadie puede imaginar un camino sin contemplar que un imprevisto inmanejable lo apartará del mismo.

No solo el Gobierno argentino recién asumido en medio de una crisis macro económica fenomenal se encontró de frente con un nuevo rival de fuste como la pandemia, economías mucho más desarrolladas y fuertes se toparon con un desafío mayúsculo de enfrentar, un enemigo desconocido que además les altero sus parámetros de conocimiento y comportamiento del manejo de la economía.

Quienes veían al Estado presente como una obra propia de Satán debieron descubrir de golpe que quemarse en el infierno es necesario e imprescindible para sobrevivir en las guerras más duras. Hasta el FMI recomendó esta semana a los países centrales no desandar el camino de las ayudas y planes estatales para los ciudadanos y las economías domésticas porque las macro y los modelos liberales tradicionales serían incapaces de hacer frente a lo que aún falta de este proceso pandemico que dejará huella por largo tiempo.

Pero más allá de las sorpresas y de pensar seriamente de como nuestros destinos siempre están atados a imprevistos, la gestión de gobierno se debe dar el trabajo de pensar y planificar lo que viene.

A pesar de lo complicado del año el Gobierno argentino tuvo un éxito notable en el cierre de la renegociación de la sideral deuda tomada con bonistas agrupados en fondos de inversión que hoy son los dueños de las principales riquezas de la tierra y se encamina a cerrar también exitosamente la renegociación con el FMI que con su comportamiento alejado de sus propias normas con el gobierno anterior y después la pandemia ha quedado en una posición de, por lo menos, igualdad con su deudor.

Sin embargo, tal lo prometido en campaña y lo expresado en el discurso de asunción y en la apertura de Sesiones Ordinarias apenas una semana antes de que la pandemia estallará, son muchas las tareas que el Presidente y su equipo deberán encarar en los próximos tres años para lograr revertir algunas situaciones de raigambre histórica que se repiten cíclicamente complicando el crecimiento y el desarrollo argentino. Situaciones que no tienen nada cada ver con la cantinela marketinera de la supuesta desgracia de los últimos 70 años, sino más bien con el comportamiento bicentenario de los sectores que acuñaron el slogan de las siete décadas.

Uno de los grandes retos, de este gobierno y de quienes lo sucedan, pasa sin dudarlo por el sector alimentario y agroexportador. Un país productor de materia prima alimentaria para un par de cientos de millones de personas en el mundo que no puede garantizar la alimentación para sus habitantes tiene un serio problema, pero no sólo económico sino también social y cultural y nada tiene que ver con el supuesto hecho maldito de las siete décadas que casualmente - o no tan casualmente- fueron los únicos espacios de tiempo donde se pudo revertir medianamente esa tendencia.

El economista e investigador Enrique Aschieri recordaba hace un par de semanas, en un escrito sobre la caída del dólar a nivel mundial y su incidencia en los mercados de commodities, el informe del Consul norteamericano en la Argentina durante la presidencia de Hipolito Yrigoyen de apellido White que transcribe una conversación con Honorio Pueyrredon, ministro de agricultura hasta 1918.

White escribió que el Doctor Pueyrredon le expresó que "creía que tener una población mucho más numerosa o transformarse en un país industrial sería una calamidad para la Argentina, que el futuro de la Argentina se halla en la exportación de carne y todavía más carne y que cuanto mayor fuera la población, mayor sería el consumo dentro del país y menor la cantidad para exportar".

Cualquier similitud de aquel pensamiento de más de 100 años con los acontecimientos actuales de la relación del sector agroexportador con el Estado y la población en general no es casualidad, es una matriz socio cultural de una parte del sector productivo.

En un contexto internacional de fuerte devaluación del dólar Aschieri, en él mismos trabajo trae a colación una pregunta que hace tiempo nos formulamos en este y otros espacios; Qué pasa con el precio de los alimentos.

La devaluación del verde frente a todas las monedas fuertes del mundo genera un fenómeno que la FAO analiza en estas horas en las que el índice de los precios de materias primas alimenticias de la organización mundial alcanzó en noviembre el nivel más elevado en los últimos seis años.

En ese contexto el sector exportador prevé un ingreso récord de divisas para el próximo año a pesar de la baja del área sembrada de maíz y soja. La Bolsa de Cereales de Rosario ubica en unos 26500 millones de dólares la entrada de divisas de esa próxima cosecha, un 14% más que la campaña pasada. Menos cosecha pero más dólares dan una pauta clara de la magnitud del aumento del precio de los commodities pero también de la posibilidad de que la especulación de la liquidación de la cosecha sea otra vez materia común, además de ejercer fuerte presión sobre los precios del mercado interno de alimentos como lo estamos viendo en estos últimos días.

Pero, cómo mantener a raya los precios internos frente a la especulación y la siempre presente realidad de trasladar los valores externos a los valores internos. Desde hace años y gobiernos la forma encarada para tratar de frenar esa tendencia fue el sistema de retenciones a las exportaciones de cereales, harinas y aceites, después extendiendo los derechos de exportación a una infinidad de productos no sólo primarios sino elaborados.

Lo cierto es que con el tiempo, la masificación y la falta de controles ante la aparición de varios mecanismos (todos delictivos o rayando con ello) para evadir el gravamen, el instrumento fue perdiendo vigencia y fortaleza para transformarse en un mero impuesto recaudatorio y no un gravamen que permita regular el mercado.

Este y cualquier Gobierno deberá repensar el sistema para garantizar alimentos a precios razonables para los ingresos de locales y atender el mercado interno. No se trata de quitar retenciones o gravámenes que desfinanciarían el Estado y maximizarían las ganancias de los sectores concentrados, varios sectores vienen estudiando desde hace tiempo distintas alternativas que van desde nuevos formatos fiscales hasta el desarrollo de sistemas de producción y cadenas productivas de alimentos y materias primas vinculadas exclusivamente a crear oferta para el mercado interno.

Es una tarea pendiente, porque está claro que la imperiosa necesidad de divisas del país no puede ser uno de los factores de la falta de calidad de vida y alimentación de los ciudadanos.

La generación de políticas públicas no es simple, suele ser un entramado complejo de articulación de los más diversos y opuesto intereses, allí es necesario aplicar la política como herramienta de articulación y solución de conflictos, pero esa política debe tener claro qué intereses priorizar en beneficio de todos.

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