Un desafío que revitalizó a Suárez
Domingo, 18 de octubre de 2020Por Luis Ábrego - Entre Paréntesis
Por: Luis Ábrego

 La política suele ser un cúmulo de sinsabores, mechado por algunas pocas satisfacciones. La gestión diaria obliga a observar detalles, tomar decisiones y administrar sus consecuencias. Mucho más en un contexto tan particular como una pandemia.

En ese sendero tan estrecho se ha movido Rodolfo Suárez desde su asunción, condicionado por inesperados conflictos pero de los que sin embargo buscó salir fortalecido. Así le sucedió con la modificación de la ley 7.722 que habilitaba a explotar minería en Mendoza, pero también con el embrollo político que terminó siendo la convocatoria a discutir la ley de Educación. En ambos casos, Suárez supo cambiar de parecer a tiempo.

El pragmatismo, o acaso cierto instinto de alguien que se reivindica como reacio a los conciliábulos, la politiquería y las eternas disputas entre oficialistas y opositores (mucho más si se trata de internas), lo sacó de los pozos que su propio gobierno ayudó a cavar.

Es por ello que por primera vez, al desafiar a la Nación en el manejo de la cuarentena, Suárez se enfrentó a un problema que esta vez él no podía resolver con un volantazo. La negativa a "cerrar" Mendoza como sugerían desde la Nación (por más que después se haya intentado aclarar que la idea nunca fue volver a Fase 1), fue una durísima prueba de la que el gobernador terminó saliendo mucho mejor parado de lo que ese enfrentamiento suponía.

Desde su asunción, Suárez ha intentado -además- hacer equilibrio entre las posturas netamente opositoras de los referentes de Juntos por el Cambio (entre ellos, el propio Alfredo Cornejo) para poder mantener una buena relación con Alberto Fernández que si bien no le asegure privilegios, al menos no lo condene al olvido. Y con ello, perjudicar su gestión y a Mendoza.

Estratégicos apoyos, puntuales gestos y diálogo siempre abierto con la Casa Rosada le garantizaron en estos meses un andar no exento de pozos pero que sin embargo no le impidió avanzar. La pandemia colaboró en la búsqueda de armonías y el trabajo codo a codo, pero el estilo tutelar y paternalista de la Nación (pero también el incremento de contagios en Mendoza) empezaron a generar roces en la relación por la estrategia aperturista de la provincia.

Pese a tener el sistema sanitario al límite y ante la amenaza desde Buenos Aires de ampliar las restricciones para Mendoza, Suárez adelantó su rechazo. Se plantó. Y luego de conocido el decreto nacional, redobló la apuesta con una particular interpretación del texto (atribuida a su ministro más próximo, el constitucionalista Víctor Ibáñez) que generó mayoritariamente alivio en una población agotada por el encierro y asfixiada por la recesión económica. Pero que básicamente salía por arriba de ese estado de angustia social que opacó aquel lunes feriado.

Todo indicaba entonces que esa decisión podía ser un punto de quiebre. Con su diferenciación Suárez creía haber sido fiel a su propia convicción respecto del manejo de la cuarentena, pero también sintonizar con lo que mayoritariamente los mendocinos requerían. El problema es que con su desmarque contradecía al actor principal de esta película: el Gobierno nacional.

El mismo que abre o cierra grifos de todos sus ministerios y organismos para cada proyecto; el que sube o baja el pulgar para cualquier iniciativa que necesite apoyo o financiamiento; el que puede mover partidas presupuestarias; incluso financiarse con el Tesoro o emitir indiscriminadamente como lo está haciendo. Todas atribuciones que las provincias no tienen. Era David contra Goliat. Era una parada política de alto riesgo. Cercana al abismo.

Así se lo hizo saber el aparato oficial de comunicación del gobierno, e incluso el propio ministro de Salud, Ginés González García quien dijo "no entender" la postura de Suárez y recordar toda la ayuda que desde Nación había llegado a Mendoza. Como si acaso eso no correspondiera. El mismo que aplicó el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero cuando acusó al gobernador de decir una cosa en Buenos Aires y otra en Mendoza. La audacia de la jugada tuvo como respuesta el rigor.

Pero además, el desafío cayó en un momento inoportuno. La escalada que puso a Mendoza en el centro de la escena nacional, fue en la previa de un encuentro ya acordado para el martes con el propio Cafiero, el ministro del Interior, Eduardo Wado de Pedro y el de Hacienda, Martín Guzmán para la firma de un préstamo a la provincia por 3 mil millones de pesos para el manejo de la pandemia. Las expectativas por algún cambio de último momento (en la cita, pero principalmente en el monto recibido) recorrieron como sudor frío la línea de decisión del gobierno.

Según se pudo reconstruir, fueron dos horas a solas entre Suárez y los ministros nacionales, a los que luego se les sumó el propio Fernández y en las que se aclararon los tantos pero en los que por momentos hubo duros cruces. El enojo de la Nación era evidente, pero la réplica no habría sido menos contundente. El gobernador recordó que les había anticipado que no estaba de acuerdo con más restricciones y que no manejaba las interpretaciones que se podían hacer sobre un decreto anunciado pero no oficializado.

Por momentos, el tono fue incluso más áspero, y entre los argumentos se puso sobre la mesa la tan difundida posibilidad de una discriminación hacia Mendoza. Algo que los funcionarios nacionales, con Fernández a la cabeza, descartaron de plano. Por allí se empezó a firmar la paz.

Pese a los temores iniciales, Suárez se salió con las suyas. Se trajo el dinero prometido, estuvo cara a cara con el presidente para superar el entredicho y su comitiva (que incluyó a Ibáñez y al también ministro Lisandro Nieri), hasta presentó decenas de cajas con los antecedentes y todos los estudios de Portezuelo del Viento para sustentar los argumentos mendocinos en vista al laudo que Fernández deberá emitir para destrabar el conflicto con La Pampa.

Tal vez haber dejado en claro que el diálogo y el entendimiento tienen límites sea un nuevo punto de partida en el vínculo con la Nación, en un momento en el que Fernández enfrenta desafíos críticos tanto por el manejo de la crisis del Covid (que el modelo mendocino menos restrictivo también disputa desde lo simbólico), como también por sus decisiones en materia económica, principalmente la suba del dólar, y por ende, la depreciación del peso con el correspondiente impacto en la inflación y los salarios.

"Cada vez que un gobernador mendocino se plantó ante la Nación salió fortalecido" dice un veterano dirigente radical que hoy está fuera de la gestión pública. Y lo dice por los de su partido (Llaver) pero también por los peronistas que se animaron a dar ese incómodo paso (Bordón, Lafalla), pese a ser acusados de díscolos o desleales, pero reconocidos aquí por anteponer los intereses mendocinos a la óptica porteño-céntrica que se enseñorea en la Casa Rosada.

Por lo pronto, en Casa de Gobierno se animan a decir que la pasó fue "la mejor semana del año", porque consideran que empoderó a Suárez ante la Nación, ante los mendocinos, pero también hacia esa dirigencia que le desconfía por su estilo "poco político". Pero, aseguran, nada cambiará hacia adelante. "Gestión, gestión, gestión", dicen que repite como un mantra ante sus funcionarios, pero ahora con la confianza de que una encrucijada tan compleja fue sorteada claramente a su favor.

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Comentarios
antonio
18-10-20 23:08
Capo mi gobernador
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