2020, una cicatriz en el tiempo
Los mendocinos en esta primavera AC-DC: antes del Covid, después del Covid
Domingo, 20 de septiembre de 2020Por Myriam Ruiz

"¿Quién lleva los sándwiches?"; "Maru lleva las milanesas y Betty ensaladas, los chicos asado, como siempre"; "Yo voy temprano para que no nos ocupen todos los lugares!"; "Che, no olviden la música"... "¡Y los tragos!". Risas y más risas. Quien no ha tenido un Día del Estudiante al aire libre en Mendoza -en la montaña, parques, clubes, ríos, lago- se ha perdido de disfrutar una parte importante de la vida.

Año tras año, generación tras generación, los chicos y chicas mendocinos cumplían con el rito largamente esperado de festejar la primavera y festejarse. Luego de los inviernos gélidos y secos del desierto, septiembre arranca con flores, brotes y agua en las hijuelas. Un paisaje digno de ser celebrado. Hasta este año, claro.

Este 2020 antipático, anti-abrazo y viral se ha convertido en la peor pesadilla conocida del ser humano contemporáneo. Si nos dicen a los adultos que enumeremos los problemas que la pandemia ha traído de inmediato seremos capaces de largar sarta de ítems: "La economía; el aislamiento; comercios cerrados; consumo caído; los precios; el financiar o no las tarjetas; el dejar, o no, de pagar la escuela de los chicos; el ser papá, mamá y maestros; el dólar oficial, el dólar solidario y el dólar blue; no conseguir talles de ropa ni de zapatillas; no "necesitar" ropa porque estamos guardados; la democracia y la no democracia; el virus y el antivirus; etc; etc".

En cambio, si le preguntamos a los chicos qué ven de malo en este año, sólo dirán: "No poder estar con mis amigos". La escuela, el tiempo libre, juntarse en un pub es más de lo mismo. Están sufriendo la soledad.

El golpe en niños, niñas y adolescente es fuerte y tendrá impacto en toda su vida. Es, tal vez, la primer gran cicatriz que dejará el coronavirus en nuestra sociedad. Todos ellos deberán, luego de recorrer la cuarentena en casa, volver a sociabilizar en el colegio y en el barrio. Readaptarse al ritmo de una vida que no será la misma.

No poder festejar un 21 de septiembre al aire libre -al menos desde la visión en sepia de quienes anduvimos con los casetes, los tuppers y la crush al hombro- debe ser un trago amargo. Un anticipo de lo que será el fin de ciclo para quienes este año terminan la secundaria y que ya, por esta época, estarían probándose trajes de baño y haciendo una lista con lo necesario para el viaje de egresados.

Si sirve de consuelo, estos meses serán un antes y un después en la historia del mundo. Ya imagino un AC-DC (Antes del Covid-Después del Covid) en el que muchas cosas que han cambiado ya no volverán a ser las mismas: la digitalización llegó para quedarse y eso tiene un peso específico en la forma en la que nos relacionamos con la familia y los amigos, pero también en la manera en que estudiamos, trabajamos y nos entretenemos; las enormes y modernas oficinas del coworking han dejado de existir en un chasquido de dedos y las grandes empresas trasladan sus despachos a los hogares de sus trabajadores; hasta el nacer y el morir ha cambiado rotundamente en medio de esta pandemia.

Sabemos que, de una manera u otra, estamos sufriendo. Pero el dolor es uno de los grandes maestros. Volver al hogar ha cambiado al profesional también, que ha descubierto que puede realizar su tarea eficientemente sin estar 12 horas fuera de casa. Compartir tiempo con sus hijos ha dado a madres y padres trabajadores un nuevo sentido a este año que, de otro modo, sería para tacharlo del almanaque.

Son esos chicos y chicas, jóvenes estudiantes y trabajadores quienes podrán transformar esta Argentina dañada y este planeta herido. Los "grandes" tenemos, más que nunca, la responsabilidad de dar un giro a la historia conocida y reinventarnos para dejarles un mundo mejor.

Tamaño del texto
Comentarios
Tu comentario
Más de Opinión