El miedo al otro: jugando a la mancha en plena pandemia
Domingo, 21 de junio de 2020Por Myriam Ruiz
Por: Myriam Ruiz - En Twitter: @myriruizbarrio

 "En la casa de pinocho todos cuentan hasta ocho, pin uno, pin dos, pin tres, pin cuatro, pin cinco, pin seis, pin siete, pin ocho". 

El Juego de la Mancha es ancestral y aún lo juegan niños de todo el mundo. Consiste, básicamente, en elegir a uno de los jugadores que será quien "lleve la mancha" y que intentará contagiar con ella a todo el resto. Algunos dicen que el origen del juego viene del antiguo derecho que tenían los criminales de asilarse en iglesias. Cuando un delincuente era perseguido y lograba llegar a un templo gritaba "A la iglesia me llamo" y sólo podían ser sacados de allí por las autoridades eclesiásticas. De allí viene el "pido gancho" con el que se frena la persecución.

Los ingleses llevan el inicio del juego a una tribu de la isla de Madagascar, cuyo ritual prehistórico era la representación de una cacería de personas a través de una deidad que representaba a la Muerte. El ritual se llamaba "Aima wi" y consistía en ubicar en una pradera a una cantidad indefinida de integrantes de la tribu a los que la muerte iba en su búsqueda. Cuando los alcanzaba, cada persona tenía que quedarse en la posición en la que fue alcanzado por la muerte, y de allí la manifestación del dolor por la vida detenida.

En este 2020, en este siglo con una humanidad supuestamente evolucionada, solidaria y empática, estamos jugando el mismo rol. La pandemia por el Coronavirus ha sacado de nuestro espíritu sentimientos ancestrales como el miedo o la fobia al otro.

Podíamos verlo esta semana en Maipú, departamento en el que aislaron a un vecindario completo, testearon casa por casa, desinfectaron calles y viviendas, luego que un hombre contagiado por Covid 19 (el llamado Caso 98) causara un brote de casos en ese lugar. De inmediato el temor se hizo sentir, no sólo en torno a ese vecindario sino en todo el Gran Mendoza. El Covid 19 es un virus que no discrimina por edad, barrio o estatus social. Nosotros sí lo hacemos. 

El miedo a enfermarnos hace que miremos al otro con recelo. Nos aleja. Nos convierte en personas que no queremos ser. A lo largo y ancho del mundo, a medida que los casos aumentaban los analistas pusieron la lupa en este tema. La xenofobia y los prejuicios se convirtieron en una segunda pandemia. 

Biólogos y neurólogos explican que existen mecanismos muy antiguos -en términos evolutivos- que hacen que ante una amenaza las personas reaccionen huyendo o atacando. Los psicólogos también saben que la ansiedad influye en cómo se perciben los riesgos, y por eso las personas con pánico patológico suelen pensar que los riesgos son mayores a los reales.

Pero, aún con todo, lo que nos diferencia a los humanos es nuestra capacidad de manejar las emociones, de empatizar, de pensar en el pasado y planificar el futuro. Después de todo, los antropólogos identificaron a los primeros humanos no sólo por los huesos diferentes a los de los monos sino también por su comportamiento para cuidar a los enfermos y enterrar a los muertos.

La distancia social, único remedio conocido hasta la fecha para prevenir el coronavirus, no puede distanciarnos de lo que somos como personas. 

Un periodista norteamericano contaba, en medio de las tremendas pérdidas en vidas que ocasionó el virus en ese país, que un día fue a pasear con sus hijos hasta un parque cercano. Era la primera vez que salían en meses y habían determinado un sendero específico para andar -el menos transitado por la gente-. 

Este padre con sus tres niños llegaron de ese modo hasta un pequeño prado, bien protegidos con sus tapabocas y alejándose siempre de la gente. Allí se pusieron a jugar con una pelota, disfrutando del aire y del sol. 

Pero en un momento, sin que ellos se dieran cuenta, un niño que pasaba con su madre se acercó a preguntarles si podía jugar con ellos. Con miedo (en una sociedad en la que los contagios se contaron de a miles por día) el hombre le respondió con un "no" rotundo, reunió a sus hijos rápidamente y dio por terminada la excursión.

Más tarde, al escribir sobre el encuentro, ese periodista escribió: "Aún recuerdo la tristeza de ese niño al recibir mi negativa a jugar... Y era un simple juego, ¿en qué monstruo me he convertido?". 

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