Cuarentena: te amo, te odio (dame más)
Domingo, 10 de mayo de 2020Por Luis Ábrego- Entre Paréntesis
Por: Luis Ábrego

La eficiencia de aplicar la estricta cuarentena para hacer frente al Covid-19 en Argentina, al menos por lo que demuestran las cifras oficiales (polémica sobre los testeos al margen) ha sido un acierto desde la magnitud sanitaria de la pandemia. Sin embargo, ese énfasis inicial que Alberto Fernández puso al extremo de confrontar con la economía, dejó de lado también otras dimensiones de la desigualdad en la emergencia del país: la social, la tecnológica y hasta la psicológica.

Esta semana quedó en claro el cansancio ciudadano para mantener una disciplina sanitaria que en ambos extremos de la pirámide social mostraba grietas: desde Marcelo Tinelli y su aislamiento cool de libre circulación en Villa La Angostura, hasta los desbordes del conurbano o los barrios populares de Capital Federal. Siempre y cuando, claro está, no sea el propio Estado el impulsor de salidas masivas de personas como el fallido operativo del pago a jubilados que fue el principio del fin de Alejandro Vanoli en la Anses.

Lo cierto es que el Coronavirus no hizo más que -con razón- quemar todos los papeles de un gobierno que se aferró a la cuarentena porque la ineludible prioridad sanitaria le permite comodidad en el juego político solitario con la emisión de decretos de necesidad y urgencia. Sin cuestionamientos efectivos de la oposición ante la clausura del Congreso que todavía no encuentra, tras 50 días, una manera efectiva de sesionar, se anula la representación federal en la crisis y avanza sin control parlamentario. Así, Cristina Fernández en el Senado le pregunta a otro poder si puede hacer una sesión virtual y Sergio Massa en Diputados arma una parafernalia absurda de pantallas que no superó el ensayo general. Lo mismo sucede con la Justicia Federal. Así, la centralidad del poder se resume, entonces, en los aciertos y en los errores de Fernández.

La última extensión de la cuarentena, hace 15 días (la denominada fase 3), justamente mostró desinteligencias entre el Gobierno nacional y las provincias. En especial con los distritos más grandes (Capital Federal, Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba) que salieron públicamente a corregir aquel anuncio del presidente con una flexibilización que no fue tal en esos distritos súper poblados y con alto riesgo de contagio. La ecuación se resumió en términos casi de egoísmo político: las buenas noticias las da "el profesor" de la Casa Rosada; las malas, los gobernadores.

Sin embargo, ese relajamiento comenzó a producirse de facto esta semana, tanto como efecto del encierro, pero también de la necesidad de generar ingresos en los hogares de cualquier manera. "La gente empezó a saltar la cuarentena" fue la conclusión a la que se llegó en muchos despachos oficiales nacionales y provinciales. Y junto con ella, el impulso de responder a esa inquietud para no tirar por la borda esas mismas cifras con la que Fernández nos compara con países nórdicos.

Así, la fase 4 anunciada el viernes y que llegará hasta el 24 de mayo comprende relajamientos y aperturas controladas en todo el país, algunas incluso industriales, aunque mantenga encapsulada al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), la verdadera bomba de tiempo que pasó de ser una amenaza para el resto a un motivo de queja si se pretendía igualar la situación de ese territorio con la de algunos distritos que han mantenido siempre bajos los contagios o directamente no los han tenido, como es el caso de Formosa.

En Mendoza, los casos detectados apenas han superado las 85 personas, de las cuales más de la mitad se han recuperado, pero lamentando 10 muertes. Muy lejos de los más de 2.000 casos cada uno que tienen tanto la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o la Provincia de Buenos Aires (con más de 200 muertes). Pero también lejos de los casi 400 casos de Chaco o los más de 300 de Córdoba. Control y gestión parecen haber sido una receta efectiva en la Provincia.

Rodolfo Suárez ha mantenido a rajatabla su estrategia en este tiempo: alineación macro con la Nación (dependencia financiera mediante) y autonomía micro para, conforme a las atribuciones delegadas a las provincias en cada fase, ir liberando actividades o bien gestionando su habilitación lentamente para recuperar la normalidad, y con ella, la producción. Así, primero fueron los paseos recreativos y luego el regreso de algunas profesiones y oficios (desde las obras privadas hasta la labor de abogados, contadores y peluqueros).

El Gobierno apunta a la responsabilidad de la gente y al "gradualismo" con el que a cuentagotas se va recuperando la vida previa al Coronavirus. Prueba de fuego entonces en los próximos días para esa estrategia construida con paciencia, pero que como castillo de naipes, puede derrumbarse en un instante. De hecho, mañana retoma el ritmo la Justicia local y podrían abrirse en breve otros 10 sectores, según autorización y protocolos mediante; entre otros, el comercio en general, bares y restaurantes, talleres mecánicos y servicio doméstico, siempre según la finalización del DNI.

Si a nivel nacional las cifras le dan la razón del manejo sanitario a Fernández, también se la dan a Suárez en Mendoza. Y el gobernador lejos de contentarse o sacar pecho, pero tampoco sin pisar el palito del triunfalismo, prefiere avanzar con cautela en lo que debería ser el objetivo ideal a alcanzar en el mediano plazo: el control de la pandemia con la recuperación de la actividad económica. Con una salvedad incluso: aquí la Legislatura no dejó de funcionar.

Si algo ha dejado en claro este largo proceso es que la cuarentena eterna puede salvar las vidas de los que no se contagien al estar aislados, pero también puede enfermar a todos aquellos que pierdan su empleo o deban resignar sus pymes o empresas. La antinomia salud/economía que planteó en el inicio de la crisis la Nación demostró ser falsa a poco de andar, principalmente cuando además del miedo a la enfermedad caló en la gente la incertidumbre de lo que vendrá.

Como una especie de droga, la cuarentena paraliza, pero también rebela. Nos puede reconfortar pero a la vez nos incomoda. Seduce y enoja. Desconcierta a los gobernantes y los lleva a apelar tanto a los científicos como a la intuición. Por la simple y sencilla razón que los epidemiólogos parecen saber muy poco de economía o de política.

Con un default todavía no evitado en el horizonte, ante el rechazo de casi el 80% de los acreedores internacionales (hay un nuevo deadline el 22 de este mes) y previsiones oficiales para este año de caída económica del 6,5% y un déficit primario del 3,1%, será preciso tener un plan de salida ordenado capaz de enfrentar de a poco el síndrome de abstinencia que puede generar el día que la cuarentena deje de ser un imperativo sanitario. O un plan de gobierno en sí mismo, o la excusa para un poder sin demasiado control.

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