Opinión: Tras la epidemia, el mundo ya no será el mismo
Domingo, 22 de marzo de 2020Por Myriam Ruiz
Por: Myriam Ruiz - En Twitter: @myriruizbarrio

Todos vamos a morir. Y es así, una verdad de Perogrullo. Antes o después, tras haber cumplido ese sueño o tal vez sin haberlo alcanzado, en el lujo o en la miseria, sintiéndonos plenos tras haber plantado un árbol, tenido un hijo y escrito un libro, o quizás sin haber hecho lo uno ni lo otro, pero es así desde que tu madre te dio la vida: vas a morir, yo voy a morir y ellos también.

Todos vamos a morir. Y tal vez nunca lo habíamos pensado cómo en los últimos dos meses.

El Coronavirus fue en el inicio una epidemia lejana que sólo atacaba a China y, a lo sumo, se extendía a Corea o Tailandia. Cuando el virus llegó, quién sabe cómo, a Italia y se transformó en un brote no sólo más cercano por haber traspasado las barreras de Occidente sino, además, en una amenaza para el país que es una de las cunas de la Historia de la Humanidad, de las artes y resguardo de gran parte de la cultura fue como una certera estocada en el corazón del mundo. Cientos de italianos mueren, día a día, en un país asediado por la enfermedad y que sólo puede resistir cantando en los balcones mientras la cuarentena se extiende por semanas que se transformarán en meses.

Miles de chinos murieron por este virus y miles de italianos siguieron esa estadística. España, Reino Unido, Alemania, Francia comenzaron a dar muestra de la rapidez con la que el coronavirus expande su reinado en occidente y del poder de contagio, que puede ser letal, y ante el cual hasta ahora no hay billete que valga.

Curiosamente, es así. Esta vez no fueron las "tribus hambrientas de África" ni los "pobres indigentes de América Latina" los que propagaron la peste. Por el contrario, luego de aparecer en Wuhan, fueron los turistas que realizaban cruceros o quienes estaban vacacionando en aquella parte del mundo los que se convirtieron en portadores del mal que está atacando a pobres y ricos por igual. La nueva Parca de los abuelos.

Sin dudas estamos transitando un momento bisagra en la historia del mundo tal como lo conocemos. Así como cuando sucede un terremoto de grado 8 o 9, la Tierra queda herida y varía milimétricamente el eje de rotación de nuestro planeta provocando millones de cambios en nuestro frágil ecosistema; del mismo modo este virus con forma de corona dejará una cicatriz monstruosa en el alma de la gente.

A lo largo y ancho del mundo vemos cómo países enteros van entrando en cuarentena y varían su forma de ser, su estilo de vida para dar lucha a este flagelo que aún es una incógnita para la comunidad científica. Pueblos y ciudades blindan sus fronteras para dejar afuera la posibilidad del virus y, con ello, dejan gente en la calle, dividen familias, rompen lazos, quiebran afectos.

"Se siente raro, es como un duelo", decía una italiana hace unos días en una entrevista. Su voz salía a través del barbijo, su rostro no se veía detrás de gorra, anteojos y poleras, sus manos no sentían textura alguna resguardados en incómodos guantes de látex.

El duelo, del que hablaba, es el mismo que estamos viviendo en carne propia los argentinos desde que se decretó la cuarentena absoluta en el país, en un intento por frenar lo que ninguna "potencia" ni ningún "estado desarrollado, primermundista, con altísimo PBI per cápita" ha logrado.

Argentina llega a esta previa de la epidemia con 158 casos confirmados, 4 muertes y 5 casos positivos en Mendoza (al menos a las primeras horas de este flamante Otoño en el que estoy escribiendo). ¿Podremos vencer, gracias al aislamiento, a esta peste a la que no le conocemos el rostro? ¿Soportaremos, nosotros que somos tan tanos, tan gallegos, tan argentos... la distancia emocional con nuestros seres queridos? ¿Saldremos de esta iguales o cambiados?... ¿Saldremos de esta...?

El Coronavirus nos ha llevado a la esencia misma de nuestros miedos más ancestrales. Nos replegamos dentro de nosotros mismos y de nuestros hogares para proteger a los que queremos, mientras tomamos distancia de hermanos, madres, padres, amigos, familia para no contagiar, para que no nos contagien. Hemos vuelto a las cuevas.

En medio de la locura por el aborto sí y el aborto no, hemos vuelto a cuidar de nuestras crías. En medio de la reestructuración de la deuda, de la caída de las bolsas, del aumento del riesgo país... nos abocamos a acopiar alimentos, a buscar leña para pasar el invierno, a plantar huertas por si ya no es posible salir. Y mientras nosotros sufrimos, la Tierra respira hondo de nuevo mientras billones de automóviles dejan de andar por las calles y millones de fábricas apagan sus gases de efecto invernadero.

La venganza será terrible, proclama una y otra vez desde el televisor un Dolina auténtico, mientras la civilización se encapsula para defenderse, las familias vuelven a reunirse en torno a la mesa y desde los balcones los encerrados cantan "Resistiré" para no perder la alegría.

Hallo un video de españoles -que llevan varias semanas en cuarentena total- jugando al Veo Veo a través de la oscuridad, uniendo sus soledades en la noche y me digo que no todo está perdido. Que tal vez estamos pariendo una nueva civilización. Y rezo porque cuando salgamos de nuestras modernas cuevas, el mundo sea un poco mejor.

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