Campamento de inmigrantes en Lepe
Jueves, 20 de febrero de 2020

EL PAÍS visita el asentamiento de chabolas en el que, según el relator de Derechos Humanos de la ONU, los temporeros viven "como animales":

Mohamed, un joven de Gambia que pidió asilo en Italia y ahora trabaja en el campo de Lepe, empuja el carrito con el que consigue llevar agua al asentamiento. La fuente más cercana está en una rotonda a dos kilómetros de distancia.

Las comidas en el asentamiento son sencillas, a base de arroz y pollo, sobre todo. El compañerismo de los que trabajan es fundamental para que los que no consiguen un jornal no pasen hambre.

Las chabolas están construídas con tres capas de palés, cartón y plásticos de invernadero, el agua se almacena en garrafas de herbicida y el retrete es al aire libre.

La bicicleta es un artículo fundamental para los habitantes de los campamentos. Con ella van a por agua, buscan empleo de plantación en plantación, recogen chatarra y transportan los materiales necesarios para completar sus viviendas.

El campamento tiene una única chabola con una especie de sumidero para lavarse. Los baños, generalmente, se toman al aire libre y con un cubo con agua recalentada en una olla.

Los incendios son la gran amenaza de los asentamientos de temporeros y una chispa puede acabar con todo. En este asentamiento el fuego solo puede prenderse en lugares determinados donde hay menos peligro de que pueda expandirse.

Mamadou Tunkara, un maliense de 45 años, es uno de los jefes del campamento porque lleva una década viviendo temporadas aquí. Saltó la valla de Ceuta en el 99, se dedicó 10 años a la construcción y con la crisis migró al campo. Ahora tiene un contrato de tres meses y trabaja sin descanso para ganar 1.200 euros que envía casi íntegramente a su familia.

En Lepe llegó a haber un proyecto de albergue para temporeros, tenía una inversión de más de un millón de euros, pero se abandonó inacabado. Ante la falta de alternativas habitacionales, los trabajadores lo han ocupado y cuidan del espacio.

Vista aérea del mayor asentamiento de chabolas de Lepe. Aquí viven cerca de 300 personas en unas 70 casuchas.

La basura, que el Ayuntamiento no recoge, se lanza en bolsas por un barranco. A pesar de tenerlo todo en contra, en el lugar hay orden, limpieza, turnos de cocina, y normas. Están prohibidos el alcohol, las drogas, el fuego y las peleas.

"Conseguí mis papeles con un contrato hace cuatro años, gano 1.200 euros al mes, pero no hay casas ni habitaciones para alquilar. Llevo tres meses aquí", se queja con acento andaluz este maliense llegado a las islas Canarias en 2008.

Los jornaleros de los asentamientos que sí tienen un permiso de residencia y trabajo -un 74% según un informe de Cáritas de 2017- tienen un contrato y trabajan más que sus vecinos en situación irregular, pero viven en las mismas chabolas, se mojan igual cuando llueve y tienen las mismas picaduras de chinches por todo el cuerpo.

Dos de los residentes del campamento juegan a las damas en un tablero imporvisado con tapones de Coca-Cola y Fanta.

Cuando no hay trabajo en el campo, la recogida y venta de chatarra es una alternativa para sacar algo de dinero.

Invernaderos cercanos al asentamiento de temporeros.

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