Los parques nacionales de EEUU como nunca los has visto
Miércoles, 19 de febrero de 2020

El fotógrafo cubano-americano Abelardo Morell se quedó prendado de niño de los paisajes de las películas de vaqueros y de mayor se decidió a retratarlos. Para aportar su sello de autor optó por utilizar la técnica de la cámara oscura, proyectando el entorno natural en el suelo.

Parque nacional de Arches, Utah (2011).

Parque nacional Big Bend, Texas (2010).

parque nacional de Grand Teton, Wyoming (2011).

Parque nacional Olympic, Washington (2012).

Parque nacional de Yellowstone, Wyoming (2013).

Parque nacional de Grand Teton, Wyoming (2011).

Parque nacional de Yosemite, California (2012).

Parque nacional del Gran Cañón desde Mohave Point, Arizona (2012).

Parque nacional de Arches, Utah (2011).

Parque nacional de Acadia, Maine (2010).

Boceto de la tienda de cámara oscura, e imágenes de un géiser del parque nacional de Yellowstone tomadas desde fuera y desde dentro de la cámara oscura.
Tierra, paisaje, arte
Yo me fui de Cuba con mi familia en 1962. Tenía 13 años y en mi tierra había visto un montón de películas del Oeste. Mi ídolo era John Wayne. Con el tiempo, ya en Estados Unidos, mi tierra adoptiva, me enamoré de las imágenes del oeste americano de fotógrafos del siglo XIX como Carleton Watkins, Timothy O'Sullivan y William Henry ­Jackson o de inicios del XX como Ansel Adams. Cuando me decidí a fotografiar estos paisajes, pensé en la obra de todos ellos y me sentí abrumado. Durante mucho tiempo no supe qué podría aportar yo; hasta que tuve la idea de retratar estos enclaves por medio de la técnica de cámara oscura, inventándome un dispositivo que era en parte tienda de campaña, en parte periscopio. El panorama del entorno se adentraría en la tienda e iría a reflejarse sobre el suelo, quedando plasmado sobre la tierra y mezclándose así con su textura: tierra, piedras, hierba, grietas... Eso hice en los parques naturales de Estados Unidos en los que fui tomando fotografías durante años, y fue todo un descubrimiento: entendí que captar la naturaleza por una vía indirecta podía ser aún más interesante que captar la realidad en sí misma. El encuentro del paisaje con el suelo, que funcionaba como un lienzo, producía imágenes a medio camino entre la fotografía y la pintura -yo, en realidad, siempre he querido ser pintor-, y además permitía la unión dialéctica de lo desmesurado, los majestuosos lugares, y lo mínimo, las menudencias del suelo; del macrocosmos con el microcosmos. Sé que puede resultar un sacrilegio para los devotos de los parques nacionales, pero para mí fue un experimento casi religioso.

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