Terremoto de Haití, la memoria fotográfica de la tragedia
Martes, 14 de enero de 2020

El 12 de enero de 2010, un terremoto de gran intensidad destruyó prácticamente la ciudad de Puerto Príncipe, la capital de Haití, y provocó la muerte de 316.000 personas y heridas de diversa consideración a otras 350.000. Más de un millón y medio de personas se quedaron sin hogar en el país más pobre del continente. Los textos que acompañan a estas fotografías corresponden a las crónicas escritas por el entonces corresponsal en la zona, Pablo Ordaz, y los enviados especiales Antonio Jiménez Barca y Francisco Peregil.

Un hombre desnudo pasea por las calles destruidas de Puerto Príncipe. El gran terremoto del 12 de enero de 2010 y las réplicas posteriores devastaron la capital de Haití. Un manto de silencio, solo roto por el llanto de los heridos, lo envolvió todo.

Cuatro días después de la tragedia, un equipo de rescate recién llegado de Moscú recorre las calles de Puerto Príncipe en busca de un milagro. De pronto, en medio de la conmoción y el caos, un vecino les llama la atención: "¡Eh! ¡Ahí hay gente viva!". Yuri, un bombero ruso de 45 años, decide meterse por la única rendija que dejan los escombros y al rato sale para avisar: "Hay dos personas, una chica y un niño". Yuri da un par de caladas a un cigarro y vuelve a meterse. Al rato, ya de noche, regresa con una chica de unos 15 años. Casi inconsciente, pero viva.

La euforia del rescate dura pocas horas. La luz del día siguiente vuelve a devolver, implacable, la magnitud de la tragedia. La joven rescatada la noche anterior está tendida sobre una manta sucia, a la intemperie, sobre la tierra de un hospital improvisado sin médicos ni medicinas suficientes, en medio de un lodazal rodeado de basura.

Se suceden los días y la capital de Haití sigue siendo una calle sin salida sepultada por un amasijo de escombros y vigas torcidas, donde una mujer trata de abrirse paso entre el olor dulzón a cadáver que golpea en cada esquina.

Sin agua, sin luz, sin medicinas ni refugio, los supervivientes del terremoto solo pueden deambular por las calles de Puerto Príncipe en busca de sus familiares desaparecidos, arrojar a sus muertos a una gran fosa común o volver a jugarse la vida metiéndose entre las ruinas de un supermercado para hacerse con un cartón de leche o un paquete de galletas.


Ya ha pasado más de una semana desde el terremoto, Puerto Príncipe sigue convertida en un montón de escombros, la ayuda internacional llega con cuentagotas y en las calles empieza a jugarse a un juego peligroso. Grupos de jóvenes tratan de saquear algunos almacenes mientras guardas armados de palos y escopetas intentan evitarlo.

La catedral de Puerto Príncipe, con sus dos torres y su fachada en tonos rosados, también se vino abajo. Era a la vez símbolo religioso y tesoro nacional en un país donde la religión oficial es la católica pero la que más se practica es el vudú, originaria de África occidental.

A medida que pasaban los días, los saqueos -y la consiguiente respuesta armada de las autoridades y los dueños de los almacenes- se fueron haciendo más frecuentes en la zona comercial de Puerto Príncipe.

Esta fue la fotografía de portada de EL PAÍS del 20 de enero. El título decía: "Las tropas de EEUU asumen el control para garantizar la ayuda". En la imagen recogía el momento en que un helicóptero aterrizaba en los jardines del destruido palacio presidencial de Haití. Nada más llegar, las tropas estadounidenses tomaron el control del puerto y el aeropuerto para garantizar el reparto de la ayuda humanitaria.

Una semana después del terremoto, aún hay cadáveres abandonados en las calles y todavía se siguen produciendo réplicas. La tierra sigue temblando, 20 veces en apenas siete días. Y cuando eso sucede, dice Pierre Marquise, un vecino de la calle Maranata, la gente llora. "Llora", dice Pierre, "y se pone a llamar a Jesús". Pero Jesús no acude. Si lo hiciera sería tal vez la primera en la historia de Haití, el país más pobre de América, que ya es decir.

Ya no hay lugar en el cementerio ni en las morgues improvisadas. Los cadáveres son quemados en plena calle para tratar de evitar el riesgo de infecciones. A veces, el olor de la muerte llegaba por sorpresa, al doblar una esquina. Podía tratarse de un recordatorio de la muerte que los edificios seguían encerrando, o el anuncio de que uno o varios cadáveres permanecían abandonados en una esquina cercana, rígidos e hinchados, tapados apenas con una sábana sucia.

Tampoco hay lugar para los vivos en Haití. Frente a la oficina de emigración de Puerto Príncipe se forman grandes colas para obtener la documentación necesaria para salir del país.

Las colas se convierten en una tortura cotidiana. En los campamentos levantados en las plazas para dar cobijo a quienes se quedaron sin casa, es necesario hacer cola para todo. Para el agua potable, para la ropa de abrigo, para los paquetes con comida de la ayuda internacional.

Las colas se convierten en una tortura cotidiana. En los campamentos levantados en las plazas para dar cobijo a quienes se quedaron sin casa, es necesario hacer cola para todo. Para el agua potable, para la ropa de abrigo, para los paquetes con comida de la ayuda internacional.

Los servicios sanitarios apenas dan abasto para atender a las víctimas. Las salas están abarrotadas y las heridas menos graves se tratan de curar en los jardines del hospital de Frères, en Puerto Príncipe.

Siempre hay infiernos dentro del propio infierno. El psiquiátrico Mars & Line de Puerto Príncipe es el ejemplo. La mayor parte de los 80 enfermos allí ingresados fueron recogidos por sus familiares tras el gran terremoto, que dañó el edificio considerablemente, pero los ocho que nadie reclamó siguieron viviendo allí en condiciones infrahumanas.

Los internos del psiquiátrico de Mars & Line duermen sobre camastros de hierro, de los que solo algunos están cubiertos por una colchoneta mugrienta de gomaespuma.

La cotidianidad se abre paso en medio de la tragedia. Una mujer tiende la ropa entre los escombros de la ciudad de Léogane, situada a 40 kilómetros al sur de Puerto Príncipe. De sus 25.000 habitantes, al menos 10.000 fallecieron y la ciudad quedó totalmente destruida por el terremoto.

Uno de los niños refugiados en el campamento instalado frente al palacio presidencial intenta asearse en plena calle.

El sueño de aquellos días, casi el único, era poder escapar de Puerto Príncipe. Muchos lo intentaron a bordo de barcos oxidados, varados desde hacía tiempo en el puerto de la ciudad. Subieron a ellos con la esperanza de que aquel cobijo provisional se convirtiera en un salvoconducto para la huida, pero también esa ilusión resultó ser falsa. Diez años después, Haití todavía lucha por recuperarse de aquella tragedia y de todas las que le precedieron.

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