Escribe Marcelo Torrez

El blindaje de Pérez para ser más Pérez que antes y su sueño de proyección nacional

Los cambios de gabinete de Francisco Pérez dejaron gusto a poco. Los enroques para rodearse de su gente de mayor confianza, y un mensaje de autonomía al corazón del pejotismo. El plan de jerarquizar la Casa de Mendoza en Buenos Aires para lanzar desde allí el rol de articulador nacional de los gobernadores para el 2015. El sueño de la reforma Constitucional y el renunciamiento histórico a la reelección. El relanzamiento que no fue, o bien, un relanzamiento a lo Paco Pérez.

Francisco Pérez, el gobernador, no está, ni tampoco debe, sentirse en la obligación de aclarar los cambios de gabinete que ha dispuesto y anunciado en las últimas cuarenta y ocho horas. Es el jefe de Estado mendocino y, como tal, no tiene que responder por qué decide tal cambio, de la manera en que lo realizó y por qué mantiene a su elenco de gobierno que lo viene acompañando desde los inicios de la gestión para el tramo quizás más sensible, los últimos y definitivos dos años, como responsable máximo de la provincia.

A lo que está obligado el gobernador, desde ya, es a responder el pedido de explicaciones y quizás de las críticas –como puede interpretarse esta columna–, con resultados, ni más ni menos.

Mucho se habló del relanzamiento de la administración de gobierno de cara a lo que viene y muy especialmente por los magros resultados que la misma ha tenido hasta el momento. Muchas de las expectativas que despertó su asunción, allá por diciembre del 2011, se han desmoronado pese a una visión oficial que todavía se empeña en sostener que la provincia creció en todos sus indicadores.

Al momento de interpretar en clave política hacia dónde va Pérez, y hacia dónde conduce a la provincia, a la luz de los enroques de ministros y cambios de funciones de otros tantos colaboradores, es ineludible apuntar a que se esperaba mucho más de lo que finalmente se viene mostrando hasta ahora. Se insinuó y no se actuó en consecuencia, aunque, como está dicho, el propio jefe de Estado tendrá su chance de desbaratar las miradas que cuestionan lo que hace, una vez que los hechos le comiencen a dar la razón sin tan convencido está de ello.

Sin embargo, Pérez parece haber perdido una gran oportunidad de dar un mensaje claro y firme sobre un cambio, un giro de 180 grados a todo lo que se ha visto a la primera mitad del mandato constitucional, situación que hubiese hecho renacer las esperanzas a gran parte de los mendocinos que pretende un salto cualitativo de la provincia en todo sentido. Y aunque corramos el riesgo de que este primer análisis sea catalogado de prejuicioso y apresurado, no se ha visto por el momento que la nueva etapa que se encara vaya a remedar la falta de resultados positivos, ni que tampoco permita afirmar que el gobierno se juega una carta brava para barajar y dar de nuevo.

Cristina Fernández en la nación, en cambio –ya fuese por prescripción médica o por la necesidad política de dejar el centro de la escena tras el duro golpe eleccionario de octubre persiguiendo una resurrección política–, usó la primera oportunidad que se le presentó para corregir un estilo. Jorge Capitanich, en quien hoy parece recaer el peso de la gestión nacional, aunque no sea precisamente el hombre que tome las decisiones y aún que su asunción pueda ser sindicada como un mero maquillaje, un espejismo, un tímido atisbo de cambio en la relación con la sociedad que critica fuertemente a la presidenta, sí pareciera que significa una toma de conciencia en el núcleo duro del kirchnerismo de que todo lo que quiere imponer testarudamente no lo conseguirá con la lógica de la prepotencia y el capatazgo. Puede que ese inmediato objetivo no lo cumpla nunca y que el ciclo termine de la peor manera para sus protagonistas, pero este kirchnerismo no es el mismo –aunque sólo se trate de estilos y métodos y no de fondo– que el que existió hasta octubre pasado.

Pérez pudo haber usado el mismo modelo para tonificar su gestión y eso pareció demostrar cuando el lunes le pidió la renuncia a todos los principales funcionarios del gobierno, un lote de casi 200 personas. Pero nadie se fue. Lo que indica, en primer lugar, que el gobernador ratifica el equipo que diseñó hace dos años al reafirmarle su confianza a aquellos hombres y mujeres. Y en segundo lugar, estos movimientos demuestran, además, que habrá más Pérez de aquí hasta el fin de la gestión. Con lo que las especulaciones se hicieron trizas, porque se pensaba que el gobernador se afirmaría en la lógica de la estructura partidaria para tirar juntos en cambios estructurales y de fondo. Los resultados de todo lo que ha dispuesto le darán o no la razón más adelante, desde ya y como está dicho, pero es necesario intentar develar lo que busca en verdad.

El gobierno tiene dos desafíos clave por delante. Uno de ellos es darle un vuelco a la gestión para que en el 2015 Pérez pueda dejar el gobierno en manos de otro peronista, o al menos llegue con esa chance. El segundo objetivo es más político, provocador, audaz y ambicioso: ubicar al jefe del Ejecutivo en los primeros planos del escenario nacional para lograr visibilidad y pueda ser mostrado como parte de las alternativas que el peronismo nacional tiene que alumbrar para el 2015. Y esto último es lo que aparece como lo más visible de lo que mostró en las últimas horas Pérez, sobre la tan mentada renovación ministerial que se anunció y se quedó a mitad de camino.

Es poco probable que el pejotismo más puro de la provincia, el que representan el vice Carlos Ciurca, algunos intendentes y las líneas ortodoxas se animen a darle la espalda abiertamente a la etapa que viene. El partido orgánicamente no cuestionará las decisiones, no las confrontará públicamente, no le pondrá a Pérez, por ahora, palos en la rueda. Pero los capitostes de la estructura ambicionaban otras cosa, algo así como más protagonismo y una visión clara de que se va por otras políticas, más que en los enunciados.

Pérez, en cambio, sólo le ha dado a esa estructura pequeñas parcelas de poder acotado. Y se ha reservado para sí un esquema que parece estar pensado para intentar su salto a la arena nacional con un equipo de extrema confianza que le cubrirá las espaldas en la provincia. La ratificación de Marcos Zandomeni, de Guillermo Elizalde, de Félix González y la reaparición pública de su amigo Rodolfo Lafalla en un lugar clave como Gobierno, dan cuerpo y explican este nuevo objetivo.

Lafalla, por caso, a mediados de año había sido desplazado del armado de la agenda institucional por las críticas que recibió ese trabajo carente de volumen, de peso y de gravitación política. Hoy llega a Gobierno, la cartera más política, la que deberá lidiar con gremios, con los partidos de la oposición y con la Justicia con ese palmarés. Más todavía: en Lafalla (que supo transportar en su vehículo por toda la provincia al hoy gobernador durante la campaña electoral del 2011), Pérez confiará el nuevo intento para avanzar en la reforma de la Constitución, previo “un renunciamiento histórico” que algunos vaticinan hará en algunos meses de la ya casi mítica reelección, para que así se logre destrabar la discusión buscando dejar la gestión con ese premio, que nadie de sus antecesores del último período democrático, consiguió.

La designación de Félix González al frente de lo que se cree será una revalorizada Casa de Mendoza en Buenos Aires, va en el mismo sentido de lo que el gobernador buscará en estos dos años: que ese mojón en la Capital del país se transforme en una agencia, casi en una embajada mendocina, con la misión de elaborar una agenda que le dé a Pérez trascendencia en los primeros planos de la política nacional. Que la sede de la calle Callao pueda llegar a convertirse en un punto de referencia para las provincias argentinas y que tenga al mendocino como una suerte de “gran articulador” entre lo que se conoce como la Liga de Gobernadores peronistas, lo que quede del kirchnerismo y los presidenciables Daniel Scioli y quizás Capitanich, todo con vistas al recambio del 2015.

En lo interno, a Pérez lo esperan desafíos gigantescos. Porque debe relanzar, ahora sí, una batería de temas que todo el mundo pide pero que nadie ha elaborado; y lo deberá hacer con este “nuevo” gabinete que ha diseñado. Pérez habla de unas 30 medidas de fondo, estructurales, como la de la reforma constitucional y de otras vinculadas al uso del agua, de los recursos naturales, del petróleo, de la energía, de la minería, de industrias alternativas que saquen a Mendoza del ostracismo y de la dependencia nacional de fondos de la que cada vez más se encuentra presa. Y para eso, lo hará con quien más cómodo se siente, con sus hombres y mujeres de confianza a quienes les ratificó un lugar en diferentes cargos y a quienes les aseguró que no se moverán de donde están.

Pero voceros del gobierno confirman que la semana que viene Pérez seguirá con algún que otro cambio. Y ya nadie deja de mirar a Carlos Díaz Russo, el ministro de Salud, número puesto a salir del gabinete desde que comenzaron las versiones de cambios. Cuentan que el jueves, cuando todos esperaban el anuncio de Pérez en medio del festival misterioso de remociones ministeriales, y ya cuando el gobernador había terminado de develar el enroque entre Lafalla para Gobierno y el de González para la Casa de Mendoza, Russo lanzó: “Sigo tan sorprendido como todo el mundo. Cincuenta veces he presentado la renuncia, y nada”. La misma fuente adujo que el gobernador, al menos hasta el jueves, no tenía nadie de los candidatos dispuestos a tomar la brasa del sistema sanitario mendocino. Se verá. Pérez es un hombre de dar sorpresas.

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