¿Cuál es el costo de decir la verdad?
Miércoles, 22 de mayo de 2019Por Marcelo Torrez.

Los especialistas y observadores del movimiento de los mercados financieros coinciden en una cosa al momento de describir la volátil situación de la Argentina en cuanto al tipo de cambio y al ritmo de la inflación: sus componentes en buena medida, son políticos.

Un análisis más fino de lo que piensan y evalúan los referentes de los mercados, indica que la grieta social del país, también está instalada entre ellos. Una cosa es lo que avizoran si la amenaza del populismo se diluye y otra muy distinta si tiene chances de volver a aparecer, encaramado en el control institucional del país y sin una oposición fuerte que pueda llegar a sopesarlo o a ponerle algunos límites.

La última versión del populismo que tienen los mercados -en realidad operadores y representantes de fondos de inversión y demás de Wall Street quienes han hecho trascender sus opiniones en las últimas horas debido al proceso electoral que ya se ha disparado en la Argentina-, es la que dejó el gobierno de Cristina Fernández con su negativa a la apertura externa y al control de la inflación vía el famoso cepo, entre otras de las particularidades.

Una muy reciente conclusión de un call conference entre cuatro grupos de inversión norteamericano que se difundió este martes en medios especializados, da cuenta de que el combate contra la inflación, siguiendo las actuales políticas de Macri, le demandaría al país al menos unos cuatro años más de lucha para comenzar a derrotarla. Y que recién a partir del 2023, los índices inflacionarios se podrían ubicar entre un 12 y un 13 por ciento anual. Y respecto del dólar, de seguir todo como está, esto es: profundizando las reformas (impositivas, laborales, quizás previsionales) para aguardar por el crecimiento económico paulatino del país, no debería perforar el piso de los 42 pesos hasta encontrar un valor que le permitiese a las exportaciones nacionales ganar en competitividad. Y el riesgo país, esa variable que mide la fiebre y el estado de salud de la Argentina, podría caer un 35 por ciento.

Un triunfo del populismo, por el contrario, modificaría todo ese panorama: el dólar podría llegar a los 75 pesos, crecería el riesgo país cuando menos un 20 por ciento más, los títulos argentinos se desplomarían, desaparecería la posibilidad de crecimiento y la inflación superaría los dos dígitos mensuales.

Ahora bien, Cristina, que según quienes se consideran sus exégetas y con la capacidad suficiente como para interpretar sus movimientos políticos de las últimas horas, ha leído el panorama que se le abre frente al mundo en caso de que volviera a conducir el país. Ellos (sus exégetas) aseguran que esa es la explicación de fondo de la nominación de Alberto Fernández a la presidencia, más allá de esa capacidad de su ex jefe de Gabinete para poder atraer otras voluntades no K en su armado electoral. Con lo que, si todo esto fuera cierto, el populismo no debería ser una amenaza para lo que viene.

Pero cómo podría el kirchnerismo volver a ganar una elección, en momentos de cruda grieta, sin volver a prometer a sus fieles y a las voluntades que podría seducir, aquella bonanza de la dolce vita que su administración dejó en el consciente e inconsciente de muchos. Difícil, muy difícil decir la verdad.

Volvemos a la discusión de siempre: en Argentina nadie gana las elecciones a presidente diciendo la verdad. Un párrafo aparte es lo que sucede en Mendoza con Cornejo: él afirma que en el 2015 ganó prometiendo un ajuste. Una verdad a medias. Digamos que el ajuste se produjo, desde ya, pero logró ganar las elecciones asegurando que Mendoza se normalizaría frente al fracaso de la administración de Paco Pérez que dejaba el gobierno en medio de un incipiente default.

El kirchnerismo está en un problema: no puede admitir en su campaña electoral que para que retornen los buenos viejos tiempos del pasado reciente es necesario continuar con muchas de las medidas que tomó Macri. Por la simple razón de que no hay plata para financiar aquel estatus de su gestión. Esto es real, mirando hacia delante y sin que nos detengamos a evaluar la herencia que dejó aquel gobierno, claramente de corte populista, que puede explicar en parte el grave problema de Cambiemos para enderezar la economía, además de los horrores, más que errores, que ha venido cometiendo en esa política de prueba y error en la que se fueron desenvolviendo casi todos los índices de la economía.

También es complejo para el oficialismo. Vaya si lo es, con una magrísima aceptación social y por el contrario con una profunda imagen negativa que parece crecer día tras día. Qué argumentos, más allá de la verbalización de tiempos mejores por venir detrás del sacrificio actual sin un correlato cierto y visible en el día a día, puede esgrimir para que los argentinos vuelvan a confiar en él. No hay mucho, digamos que nada. Esa es la verdad. Porque las proyecciones de los expertos y de los mercados son sólo teorías en medio del hartazgo social y de la falta de medicamentos que morigeren la crisis. Sólo apelar y tratar de convencer que vendrán tiempos mejores. Pero eso no garantiza un triunfo electoral.

Por eso la campaña es chata y es en gran medida chamullo. También tiene que ver con la falta de madurez de los argentinos en general que prefieren que se les diga que a la vuelta de la esquina están la soluciones a los problemas. Y que todo cambiará de golpe, que volverá el consumo, el crédito y la vida normal sin mayores esfuerzos.

A grandes rasgos, tenemos un país dividido en tercios: uno cercano al gobierno, otro al espacio que lidera Cristina (independientemente de que ella sea candidata a vicepresidenta) y otro que busca una alternativa real, cierta, competitiva y seria. Éste último grupo será quien defina el futuro de los próximos años, tan incierto como todo en el país.

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