Las mujeres que reivindican sus cuerpos lejos de las dietas y las cirugías estéticas
Miércoles, 2 de enero de 2019
Por: Redacción de SITIO ANDINO

Empieza el calor y de repente en todos lados escuchamos que tenemos que llegar al verano, como si tuviéramos una enfermedad terminal llamada "panza". Notas sobre dietas, publicidades que se van colando en nuestras redes sociales con planes de ejercicio, centros de estética y hasta cirugías milagrosas que buscan hacernos sentir mal con lo que somos y probablemente sigamos siendo.

¿Por qué de repente el cuerpo que tengo ya no sirve más? Si es el mismo que usé durante el resto del año. Funciona bien, no está roto, pero es como si hubiera pasado de moda y mis caderas tuvieran que ser olvidadas en el fondo del placard junto con la colección otoño-invierno y las poleras de lana.

Mientras tanto el verano parece una amenaza, cercana, tangible y que promete destruir todo lo que conocemos y lo que podríamos conocer si no fuéramos horribles bestias deformes que no merecen ser parte de la temporada de calor. La realidad detrás de todas esas extrañas teorías es que la mayoría tenemos panza, caderas y celulitis que, lejos de ser imperfectas, contienen lo más asombroso y bello que puede haber en todo el mundo: el placer. Porque cualquiera sea el grado de aceptación que pueda tener, nuestro cuerpo disfruta del sol, de una caricia y de un chocolate, creando conexiones infinitas que nos llenan de alegría. Es mágico, y sin embargo nunca lo terminamos de valorar como el milagro que implica, sólo porque resulta que tiene unos centímetros de más o de menos.

"Hay que llegar al verano" no sólo nos habla de una obligación sino también de una dirección, como si tuviéramos la más mínima elección, como si nosotras fuéramos hacia él. En realidad el verano está y llega indefectiblemente, como la vejez. Pero pareciera que jóvenes y con medidas perfectas nos van a querer más. Entonces luchamos hasta con nuestra genética, buscando parecernos a alguien que salió en la tapa de una revista, cuando deberíamos estar tratando de tener una vida más sana para nuestro cuerpo que sí nos va a acompañar el resto de nuestras vidas.

Sin embargo los preceptos de belleza siguen metiéndose en nuestras vidas y quedan tatuados en nuestro cerebro mucho más de lo que quisiéramos o pensamos. Mi abuela fue criada con una premisa que llevó orgullosamente durante toda su vida: ser hermosa. Todas las noches durmió con ruleros, boca arriba y sin moverse ni un centímetro para no desarmar su peinado. Nunca metió la cabeza debajo del agua en la pileta ni en el mar. Se peinaba, maquillaba y vestía elegantemente hasta para ir a buscar el diario a dos metros de la puerta de su casa y vivió evaluando cada bocado que se llevaba a la boca. Sus últimos años los vivió con demencia senil, creyendo que yo era mi madre, sin reconocer a la mayoría de la familia cercana y asustándose cuando despertaba porque no sabía dónde estaba. Sólo hubo una cosa que nunca olvidó: hacer dieta. Era casi imposible que comiera porque su miedo más grande, a los 93 años, era engordar. Cuando cuento esta historia muchos me dicen: "¡qué coqueta! Ya no hay mujeres así". Menos mal, pienso yo, porque desde mi perspectiva se trata de una pobre señora que nunca disfrutó de las cosas más simples de la vida, atada a esa obligación de ser supuestamente perfecta.

Por eso, cuando te digan que así no llegás al verano, para arruinarte un perfecto momento con un helado o un día de fiaca frente a la tele, deciles que para quienes somos realmente grosas, no es necesario llegar al verano, porque el verano viene a nosotras. / Fuente: Clarín 

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