La Pasión del PJ: morir y esperar el milagro de la resurrección
Viernes, 6 de octubre de 2017Con las cartas sobre la mesa, ya jugadas, el peronismo espera que pase rápido el proceso electoral. Que llegue el día de la elección y se conozca ya el resultado. Sabe que pierde y rápido quiere comenzar con su regeneración. Cornejo también vela las armas, inquieto. Quiere que sus candidatos ganen holgado para dar una muestra de fuerte liderazgo hacia adentro del oficialismo. Se le viene la interna y tiene que preparar su retirada con las espaldas a cubierto. Imagina una larga fila de personajes, de toda índole, aguardando el momento para verlo pasar, ya sin poder.
Por: Marcelo Torrez En Twitter @MarceloTorrez

La larga agonía del peronismo de Mendoza, que arrancó allá por las legislativas del 2013 y que para muchos pareciera no tener fin, puede que culmine el 22 de octubre, paradójicamente con otra derrota. A partir de ahí en adelante, el peronismo tendría la oportunidad de comenzar una regeneración que lo vuelva otra vez competitivo y, quizás, como alguna alternativa válida, remota es cierto, hacia el fin del mandato de Alfredo Cornejo.

El peronismo deambula atolondrado en la campaña para las legislativas. La sucesión de errores y malas decisiones estratégicas le van sumando constantes dolores de cabeza y frustraciones. Las encuestas, encargadas por el comando más cercano que apuntala a Omar Félix, el primer candidato a diputado nacional, no les han mostrado resultados halagüeños. Todo lo contrario: la última que circula en la mesa chica que conforman los intendentes del espacio, da cuenta que la derrota contra el oficialismo de Cornejo podría convertirse en una catástrofe si es que se termina confirmando una diferencia de casi veinte puntos a favor de los aspirantes de Cambia Mendoza.

Ese sondeo, el último en manos de Félix al menos hasta el 29 de setiembre, reflejaba 48 por ciento para los candidatos del gobierno, 28 por ciento para Somos Mendoza, 10 por ciento para el ascendente PI-Protectora de los inefables Ramón y Vadillo y 8 por ciento para el FIT. En el oficialismo tienen otros números, con una diferencia menos amplia que aquella muestra de sus adversarios: Cambia Mendoza mejora los votos alcanzados en las PASO, el peronismo baja unos puntos y Ramón marcha muy cerca como para estar en condiciones de arrebatarle el segundo candidato a diputado nacional al PJ. La izquierda, en este trabajo, se mantiene con los mismos porcentajes que logró el 13 de agosto.

En el peronismo tradicional, el de los intendentes, están esperando la derrota de Cristina en Buenos Aires. Lo ansían con fervor aunque no lo admitan. Más Félix, que en ese escenario respiraría aliviado una vez que llegue a la Cámara Baja por no tener que optar entre el Bloque Justicialista no K que conduce Diego Bossio y el del Frente para la Victoria kirchnerista, en donde se agruparían los seguidores de la ex presidenta. Si Cristina, contra todas las presunciones, llegase a ganarle al macrismo en Buenos Aires, todo el PJ, ya no sólo el mendocino, podría seguir hundiéndose en la ciénaga pantanosa y molesta en la que se encuentra. Cristina, aún ganando, no es vista por el resto de la ciudadanía como el estandarte que ubicaría al peronismo de nuevo al poder en el 2019. Pero hoy, Cristina, todavía tiene la fuerza necesaria y el ímpetu como para pararse de frente ante todo el peronismo y desafiar a sus dirigentes con que es ella la que más votos reúne, de entre todos. Un salvavidas y una mochila de plomo, a la vez, las dos cosas juntas.

Sin Cristina en escena, el peronismo quedaría con las manos libres para buscar su propia recuperación siguiendo el rumbo de los gobernadores. Urtubey, Massa, algo del cordobés De la Sota y el ascendente sanjuanino Uñac podrían tomar el hierro caliente. Una tarea titánica y cuesta arriba, pero para muchos la única vía posible a futuro.

En la provincia, así como el peronismo espera ansioso el fin de la agonía y la fecha de la elección del 22, a Cornejo también lo domina el deseo, que él transforma casi en una obligación autoimpuesta: que sus candidatos se impongan bien y con claridad indiscutible sobre el peronismo. Más que por derrotar a la oposición, lo moviliza la necesidad de prepararse para enfrentar el proceso de pérdida natural del poder real que hoy posee. En la interna oficialista se activará, más tarde que temprano, la lucha por la sucesión. Una victoria lo más abultada que pueda lograr sobre el peronismo, le daría a Cornejo -así parece entender su entorno más cercano- el derecho de seguir imponiendo a su voluntad las estrategias y caminos a seguir por el oficialismo en el gobierno y, desde ya, definir el nombre de un sucesor el que advierte debe ser de su "riñonada".

Cornejo, como ningún otro, ve la cercana rebelión en la granja oficialista. Entiende que el macrista Omar de Marchi jugará su carta y que en el radicalismo puede que aparezca alguna señal de Julio Cobos o de algunos de sus protegidos y seguidores. En la lista de posibles surge, sobre el horizonte también, Enrique Vaquié, el actual vicepresidente del Banco Nación. Todo está en modo latente, a la espera de quién se anime a la aventura.

En la intimidad, el gobernador advierte muy bien que a medida que comience a perder poder de influencia, irán contra él. Su estilo duro, frontal, abrumador y avasallante, ha dejado muchas bajas en el camino, tanto propias como extrañas. En estos dos años, casi, al frente de la provincia, ha acompañado su particular forma de conducción con la buena imagen que los mendocinos tienen de él. Un dato de esto: la encuesta del peronismo señalada más arriba, da cuenta de que la imagen positiva de Cornejo orilla el 68 por ciento. Su andar, a tambor batiente y paso redoblado, se asemeja al de un huracán. No sólo ha enfrentado a sus opositores de manera férrea, como se ha visto. Sus constantes escarceos arrebatados contra parte de la Justicia lo inquietan por las consecuencias que se podrán ver a futuro. Si al dejar el poder no deja a bien cubierto sus espaldas, puede que la pase mal. La "riñonada" de la que suele hablar hoy está compuesta por Martín Kerchner, el ministro de Economía, Infraestructura y Energía, como plan A. Otros se inclinan por señalar al intendente de Capital y presidente de la UCR provincial, Rodolfo Suárez, como el bendecido en el plan B.

El rumbo que ha tomado la campaña por estos días, alterada, sobrecalentada e hipersensible, de algún modo se recuesta en el estilo del gobernador. Cornejo apura el acelerador a sabiendas que ninguno de los intendentes puede reclamarle deuda alguna de parte de la provincia. Tiene las cuentas al día con todos ellos. Pero a los peronistas los exaspera el maratón de inauguraciones de obras que organiza en sus territorios sin anuncios previos, sin invitaciones para compartirlas.

El incidente del miércoles, en San Martín, ha sido una prueba de la tensión. Pero allí, el intendente peronista Jorge Omar Giménez -como una importante porción del justicialismo-, cometió el error de permitir y alentar la movilización que terminó en abucheos, gritos y silbidos contra los funcionarios provinciales. Era obvio que se condenaría la incursión, algo exaltada, de sus militantes. Pero Giménez optó por culpar a los medios -una constante en este peronismo- por las críticas a tal guarangada, aduciendo que se le da excesiva cobertura y blindaje a los movimientos de Cornejo y de su gobierno.

El fastidio peronista se asienta, además, en algunos indicios que dicen tener en el entorno de los intendentes y que hacen trascender como supuestas pruebas fidedignas de que el gobierno sabe mucho, demasiado, de ellos, de sus pasos, de sus movimientos y hasta de sus conversaciones. Intrigante de ser cierto.

Y sobre los incidentes del miércoles, mucho se dijo y se habló. Pero en el peronismo se quedaron con una declaración del ministro de Gobierno de Cornejo, Dalmiro Garay, quien, consultado en una radio sobre el hecho dijo: "A mi me habían pasado un informe más temprano de que se estaba preparando un escrache". Con lo que preocupan dos cosas: que en el gobierno sabían que se preparaba un escrache a Cornejo y segundo, que se preparaba un escrache a Cornejo. Ambas cuestiones, prácticas habituales de los años oscuros a los que nadie quiere volver, atentando seriamente contra el sistema en el que todos queremos estar.

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