Convocatoria literaria
"El hornero"
Sábado, 2 de septiembre de 2017Por: Lito Magistris. "La fascinación que sentía por los pájaros lo llevaba a pasarse horas mirando por la ventana..".


 EL HORNERO

Imaginar es elegir

Jean Giono

Gabriel contaba apenas ocho años, sin embargo, la fascinación que sentía por los pájaros lo llevaba a pasarse horas mirando por la ventana de su cuarto a los innúmeros plumíferos que se juntaban en el enorme y añejo eucaliptus del fondo de su casa. Gabriel sufría de asma y ese eucaliptus era fiel proveedor de bayas con las que hacía infusiones y vahos cada invierno. Creo que la misma presencia del árbol ya era sanadora.

Cuando podía, la mayoría de las veces cuando mamá Clara no estaba en casa, se escurría por las escaleras y se trepaba al árbol. Había una rama que parecía que se había diseñado para él y, si debo ser sincero, estoy seguro de que fue el árbol quien la preparó. Esa rama era una cuna, una cama, un sofá, una reposera... qué sé yo, todo eso y más. Gabriel cabía en esa rama exactamente. Se ajustaban como un guante a una mano. Obviamente, se quedaba dormido más de una vez.

Cuando despertaba, solía tener decenas de pájaros rodeándolo y mirándolo con atención y curiosidad. Había horneros, calandrias, benteveos, churrinches, gorriones, pititorras... En fin, qué no había en ese árbol. Lo más increíble de todo, era la facilidad con que Gabriel imitaba cada uno de los cantos y gorjeos de cada especie que llegaba. No, me equivoco, lo verdaderamente increíble, era que (yo lo creo así) los pájaros le hablaban, le contestaban a cada silbido, pitido, chasquido o lo que fuera que Gabriel hiciera.

- ¡Gabriel, bajá ya mismo de ese árbol!

El grito de la madre lo sacaba de esa ensoñación, de ese mundo de alas y cantos, de plumas, picos y ojitos curiosos. A la vez, espantaba hasta el último de sus amigos.

- Un ratito más, má...

- Bajás ya a tomar la leche y a hacer la tarea

No había negociación posible.

Allí iba Gabriel descendiendo tan despacio como le era posible. Prolongando la despedida. Mirando a algún valiente que a pesar del grito igual se quedaba incólume. Daba risa verlo bajar, parecía que iba camino al cadalso.

Una tarde de primavera, mientras los puyones del eucaliptus comenzaban a abrirse paso, Gabriel vio parado en su "cama" a un hornero que lo miraba fijamente mientras picoteaba algo por aquí y por allá. Subió al árbol y en su idioma "horneril" le preguntó que qué hacía.

- No sos demasiado despierto ¿no? ¿No ves que estoy comiendo brotes? Son deliciosos y ya debo empezar a construir el nido para este año, así que debo acumular reservas.

- ¿Lo vas a hacer acá?

- Sí, en aquella rama ¿ves? -mientras le señalaba con el pico una frondosa rama de la parte alta.

- Pero, ¿no tenés miedo de caerte?

- Ja, ja. No te olvides de que puedo volar.

- Uy, sí, cierto. ¡Cómo me gustaría volar!

- Y por qué no te animás

Este fue el momento de la venganza para Gabriel.

- Ahora el que no es demasiado despierto sos vos. ¿Te olvidás de que soy humano, que no tengo alas?

- ¿Y quién te dijo que eso es un impedimento? Ustedes no vuelan no porque no tengan alas, sino porque no CREEN que puedan hacerlo.

- Pero en Ciencias Naturales nos explican que las alas, las plumas, los huesos huecos, el peso...

- Esto, lo otro, lo de más allá, lo de más acá... Bah, pamplinas, tonterías. ¿Quién va a saber más de cómo volar, yo o el profesor?

- Y... vos

- Pues bien, entonces a batir alas. Psss... Ya sé, son brazos. No importa, a batir lo mismo.

Y sin dudarlo, Gabriel comenzó a agitar los brazos primero como un juego, luego algo dentro de sí le decía que confiara.

Confió. Y se levantó despacito, delicadamente, mientras veía como sus pies se despegaban de la rama. Pegó un pequeño empujón con ellos y se alejó del árbol. A su lado, el hornero lo acompañaba y Gabriel juraría que le sonreía.

- Mirá, ahí viene tu mamá. ¿Por qué no te acercás y le das una sorpresa?

Y Gabriel se acercó. Y la sobrevoló. Y se le detuvo casi enfrente de su cara agitando los brazos y sonriéndole dulcemente le dijo:

- Má... Soy yo

A Clara le costó un par de horas recuperarse del desmayo. El doctor le dio un tranquilizante y le explicó que seguramente, había sido alguna lipotimia mezclada con un stress natural para esta época y que patatín y que patatán. Todas esas cosas difíciles que dicen los doctores cuando no saben muy bien qué es lo que pasa.

Gabriel, sentadito en la cama al lado de Clara, apenas levantaba la vista. Se sentía responsable de ese mal rato de su mamá. Pero con infinita dulzura la madre le tomó la mano y lo atrajo hacia sí. Le besó la frente. Acarició sus rulos rebeldes y le susurró al oído:

- ¿Tiene nombre tu amigo hornero?

Lito Magistris.


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Comentarios
mariana carrer
07-09-17 22:31
simplemente MARAVILLOSO ! Disfruté su lectura con mucha emocion....
Beatriz Figal
03-09-17 20:20
Un relato magico, sintiendose casi verdadero.
Mercedes
03-09-17 18:44
Gracias por compartirme este relato, que pudieron tus alas escribir.
José María
03-09-17 14:16
La fe en un ideal, si es pura hace volar a la vez cuerpo y alma
Maruca
03-09-17 09:48
Qué hermoso!! Estoy segura q voló junto al hornero, yo le creo!!!
Titi
02-09-17 23:11
Tu forma de vivir es como volar capo!!!
Tucan
02-09-17 18:18
Un sueño...grande Kpo...se puede volar...vos ya lo lograste...
Alejandra Martin
02-09-17 16:03
Es mágico y maravilloso. Me emocionó muchísimo! Gracias por publicarlo!!!
Nora
02-09-17 16:03
La imaginación nos puede llevar a ver y crear momentos bonitos El secreto está en sentirlo real
Viviana Sava
02-09-17 16:00
Me encantó.!!!......me conecta con mi niñez...y me lleva de la mano a ver la historia con los ojos de la imaginación...!!!
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