Cuentos de otoño
Nina
Miércoles, 14 de junio de 2017Por Fernanda Caruso. "Porque siempre somos lo suficientemente chicos como para que nos lean un cuentito antes de dormir".


NINA


Porque siempre somos lo suficientemente chicos

como para que nos lean un cuentito antes de dormir.


Había una vez una nena que caminaba. Caminaba por valles, montañas y prados. Entraba a bosques y cuevas. Andaba por playas, rocas, y hasta por el agua.

Esta nena estaba siempre caminando, por lo que todo el mundo pensaba que le gustaba caminar. En realidad sí, algo le gustaba, pero vivía tratando de encontrar alternativas. Buscaba como hacer para no caminar aunque le gustara porque, aparentemente, al caminar uno se caía, y esto le pasaba seguido a la nena. Caminaba, caminaba, y se caía; y cada vez que se caía le costaba más volver a levantarse, le dolía cada vez más, cada vez era más doloroso y difícil volver a subir. Si la nena hubiera tenido a alguien que le ayudara, que le tendiera una mano, seguro se le hubiera hecho más fácil. Pero no había nadie, la nena ni siquiera sabía que existía gente así. Entonces, solita, se volvía a levantar. Cada vez más lento. Cada día con más dolor.

Un día, la nena llegó a un llano, pero que no tenía pasto, ni flores, ni árboles. Tenía arena, montones de arena; más que en la playa. Esto quiere decir que la nena había llegado a un desierto. Ella nunca había estado en un desierto. Empezó a caminar por el desierto, que era un lugar muy frío de noche, por lo que tenía que hacer un huequito en el arena y se acurrucaba ahí a dormir, tapadita y calentita. Pero de día era muy caluroso, y esto era terrible, porque tenía mucho, pero mucho calor; y la luz era enceguecedora. Para colmo, los días eran larguísimos, duraban el doble que las noches.

Uno de esos días la nena se cayó, y mirando el cielo, cerró los ojos y dijo:

       - Ya está, me doy. No puedo caminar más.

El sol seguía quemando los ojitos de la nena a través de sus párpados, y ella se había dado por vencida. Tenía demasiada sed, mucho calor, y estaba muy cansada.

Súbitamente, la nena no sintió más el sol. Era como si, de golpe y porrazo, hubiera aparecido una sombra y lo tapara. La nena pensó que por fin se había hecho de noche, pero como era una nena desconfiada, arrastrándose, se corrió un poco hacia un lado. La volvió a quemar el sol. Pensó que se había imaginado ese segundo de respiro, pero ahí nomás lo volvió a sentir. Todavía con los ojos cerrados, por las dudas se volvió a arrastrar un cachito más al costado, de nuevo sintió el sol, y de nuevo la sombra.

Imaginen la confusión de la nena. Esta confusión aumentó cuando, de la nada, la sombra se empezó a reír. Aún con los ojos cerrados, la nena se rió también (pensó que se había vuelto loquita por el calor, la luz y la sed) cuando de repente, la sombra dijo (si, dijo, aparentemente era una sombra que hablaba):

         - Che, flaca ¿te pensás quedar quieta, o me vas a tener persiguiéndote mucho tiempo?

Con cierta desconfianza, la nena abrió un ojo, sólo uno, y ahí nomás lo volvió a cerrar. Se refregó los dos ojitos, para asegurarse de que no estaba ni dormida ni alucinando, y los abrió despacio, despacito. Resultó que no estaba alucinando, tampoco soñando, y tampoco había imaginado el momento de respiro de la sombra. Parada en frente de ella había otra nena, con una expresión de curiosidad muy chistosa, y desternillándose de risa. Era una linda risa, de esas que se contagian. Esa nena era una linda nena. Era alta, flaca, el pelo con colita y unas alotas blancas que le salían de la espalda, de esas que se supone tienen los angelitos.

        - ¿y vos quién sos?- preguntó la nena.

        - ¿yo? Nina - contestó -¿y vos?

         - Casualmente, me dicen Flaca.

         - Hola Flaca ¿se puede saber que hacés ahí tirada?

         - Me caí.

         - Y bueno, levantate - le dijo Nina mientras le tendía una mano.

La nena (que ahora sabemos que le dicen Flaca) se agarró de la mano de Nina y se levantó. Mientras se preguntaba por qué se le había hecho tan, pero tan fácil levantarse, Nina le preguntó:

         - ¿Por qué no me pediste ayuda antes?

         - No sé - respondió la nena.

Lo raro era que realmente no se le ocurría una razón para no haber abierto los ojos la primera vez que sintió la sombra.

        - Bueno, vamos - dijo Nina.

        - ¿Adonde?

        - ¿Importa?

        - Supongo que no, siempre que caminemos juntas.

        - ¿Caminar? ¿y para qué vamos a caminar, cuando podemos volar?

        - Pero yo no tengo alitas como las tuyas - observó Flaca- ¿Me llevás?

        - Yo te llevo con todo gusto, pero ¿por qué no te mirás vos primero?

Flaca miró detrás suyo, y para su sorpresa, vio que le habían crecido unas alas iguales a las de su nueva amiga.

        - ¡Epa! ¡Esas no estaban ahí antes!

        - Claro que estaban, tonta. Lo que pasa es que nadie te lo había dicho. ¿Vamos?

        - ¡Vamos!

Se fueron.

¿Adónde? Realmente no importa.

Vuelan. ¿Entienden eso? Vuelan. Son libres.

Se tienen la una a la otra. 


Autora: Fernanda Caruso. Escritora. Chef. Gestora cultural. Mendocina.

Ilustración de portada: obra de la artista plástica Paula Cano realizada especialmente para la convocatoria. 

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