Cuentos de otoño
Ajena
Sábado, 17 de junio de 2017Por Gisela Lupiañez. "Melisa se bajó del micro sin prestar atención a las miradas entre compasivas e indiferentes de los demás pasajeros...".


AJENA

Melisa se bajó del micro sin prestar atención a las miradas entre compasivas e indiferentes de los demás pasajeros. El frío de ese viernes nublado de junio atravesaba los abrigos más gruesos, pero ella le hacía frente con un saquito de algodón rosado lleno de agujeros en los codos y la espalda. Acomodó a su bebé en los brazos y lo arropó con una manta de polar verde que hacía siglos había tenido dibujos de ositos. Bajo la llovizna invernal caminó en ojotas por la calle que era un río inagotable de piedras, tierra y cansancio.

Volvía del Centro de Salud. Desde la seis de la mañana Melisa había hecho fila en la vereda todavía oscura para conseguir un turno con la pediatra. Contra su pecho el bebé tosía y la miraba con ojos vidriosos de fiebre. El hielo de las baldosas se reía de la efímera protección de las suelas de goma de sus ojotas. El viento, que se ensañaba con los dedos de sus pies, logró que al cabo de una hora dejara de sentirlos. También dejó de sentir el alma.

A las diez la recibió una doctora morocha, alta, que hablaba y se movía sin pausa. Tenía puestas unas botas negras, con taco, altas hasta la rodilla. Apenas pasó la puerta del consultorio el mundo de Melisa se transformó en una neblina dentro de la cual solo existían el calzado de la pediatra y sus propios pies desnudos a pocos pasos. La voz de la doctora era un ruido de fondo punteado por el taconeo de sus botas. Melisa registraba apenas las palabras suficientes para seguir las indicaciones de la mujer:

-A ver mamá, sacále toda la ropa. Dejálo con la camisetita nada más. Le vamos a tomar la fiebre. Tenéle el bracito quieto, que no se mueva el termómetro, mientras yo le miro la garganta. La faringe está sana. El moquito se ve transparente. A ver la fiebre. Treinta y ocho con dos líneas. Es un catarro estacional nada más, mamá. Traélo a la balanza que lo pesamos. Siete kilos. Listo, ya lo podés vestir. Te voy a buscar un frasco de Ibuprofeno...Acá está, le vas a dar diez gotas cada ocho horas. Y cuidalo de las corrientes de aire. Me lo traés dentro de dos días para que vea como sigue.

Inmersa en su sueño blanco Melisa estiró la mano para sostener el jarabe. Levantó un poco los ojos y musitó:

-Gracias doctora.

-De nada. Y acordate, traélo de nuevo en dos días al gordito- le respondió la pediatra mientras abría la puerta del consultorio para llamar al próximo paciente.

Melisa se bajó del micro ajena a las miradas entre compasivas e indiferentes de los demás pasajeros. Al frío de ese viernes nublado de junio ella le hacía frente con su saquito de algodón rosado. Caminó bajo la llovizna invernal con su bebé arropado en una manta verde que hacía siglos había tenido dibujos de ositos. Sus pasos resonaban con el chasquido de las suelas de goma de sus ojotas sobre las piedras, pero ella, inmersa en su sueño, escuchaba en su lugar el taconeo de unas botas negras altas hasta la rodilla. 

Autora: Gisela Lupiañez 

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