Cartas de Otoño
"Seis cartas"
Martes 4 de Abril de 2017Por Luis Fontana. "Otra vez whisky. Ya no me puedo engañar con el café ni con otros recursos...".


SEIS CARTAS


Otra vez whisky. Ya no me puedo engañar con el café ni con otros recursos. Tengo que tomar una decisión y odio con prolijidad a mi tío, que sabía -sin lugar a dudas- que tarde o temprano me encontraría acá sentado y sólo, con las seis cartas desplegadas sobre la mesa, sin saber qué hacer.

Fueron infinidad de sanciones en el correo, donde le advertían que su amistad con el intendente no le aseguraba el puesto por siempre. Y llegó el momento del despido, de los insultos y el resentimiento. El tío se negaba a entregar correspondencia intrascendente y ocupaba sus largos periplos en bicicleta para entregar las que le parecían verdaderamente valiosas. Una y otra vez le encontraron en bolsas infinidad de cuentas sin entregar por lo que los vecinos dejaban de pagar la luz, el gas o la tarjeta. No había manera. Yo hablé con él varias veces e intenté asustarlo con mis incipientes conocimientos de derecho. Pero nada. Retiraba todos los días las bolsas del correo, separaba las cuentas por pagar o correspondencia de publicidad y sencillamente abría las cartas privadas para ver de qué se trataban. Entonces elegía cuál valía la pena entregar y cuál no. Increíble. Lo hizo al menos durante cinco años.

Ahora me toca elegir de estas seis cuál entregar. Es sencillamente el azar, el espantoso azar. No tengo pistas para saber cuál es la correcta. El mensaje del tío antes de morir fue: "sólo una tiene sentido en llegar al destinatario. Las otras ya perdieron significado. Sé que me voy a ganar el infierno por esto, pero prefiero el juego y la adrenalina, acá tenés las cartas."

Murió la noche siguiente y desde ese instante lo blasfemo y me ayudo con el whisky para elegir la carta. En un acto de cobardía las meto en una bolsa oscura y un rato después arriesgo palpando con la mano. Sale una. Miro la dirección y tomo la bicicleta del tío. No sé si dejarla en la entrada o tocar la puerta y esperar que alguien atienda. Esto es una locura y una vergüenza. Llego a la casa, un suave aroma de torta se escapa por la ventana y después del primer timbre aparece una bella mirada que justo abajo viene acompañada por unos labios profundos. Creo que esa boca me habla, me pregunta qué necesito o algo así. Anonadado como estoy por tanta belleza repentina alcanzo a esconder la carta disimuladamente y procuro abrirme camino preguntándole una dirección cualquiera en la zona. Algo nos encandila mutuamente y arrugo aún más la carta elegida. Y mientras le pido disculpas al tío desde lo más íntimo, entiendo que, de algún extraño modo, el mensaje llegó a destino.

Autor: Luis Fontana.


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Comentarios
Alejandra Rubio
09-04-17 00:49
Dicotomía
Llama la atención la dicotomía, la incoherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. La Escuela tiene un idioma por lo bajo, puertas adentro, y un idioma hacia afuera. Esto recuerda algo que se leyó no hace mucho: ?En un año más, diremos: ?La gente de aquí se ha convertido en la gente que finge ser??. Pero hemos tardado demasiado y los daños y los dolores están a la vista.
Las escuelas públicas y privadas sufren las mismas iniquidades. Tienen violencia y agresión: padres ausentes; jóvenes analfabetos funcionales; profesores agotados de luchar, frustrados y resentidos porque todo lo que sucede es ?por culpa de ellos?; preceptores sin voces a causa de los recreos; celadores que limpian inmundicias dejadas por doquier; directivos que transfieren órdenes sin sentido provenientes de ?arriba? y bajan línea y bajan línea.
La Escuela no se ha democratizado. La Escuela sobrevive por debajo de la libertad. Ha sido convertida en un ?cambalache?.
A pesar de todo, todos los días comenzamos nuevamente. No desistimos de imbuirles a los alumnos capacidades mínimas pero necesarias como pensar, comprender en forma oral y escrita, conocer y reconocer conceptos básicos, inculcar responsabilidad, disentir con respeto, leer la Constitución Nacional, reconocer, fortalecer y desarrollar los valores personales, sentir apego por la paz, la democracia, la igualdad de género y la conciencia del esfuerzo de estudiar.
Aspiramos, también, a encontrar alumnos alegres.
Si no comenzamos a reconstruir las relaciones entre la población escolar y los demás grupos, principalmente la familia, originaria o ensamblada, no podremos avanzar en ningún proyecto de mejora de la educación. Es más, parte de este proyecto debería ser reconstruir previamente los vínculos desarticulados, desunidos entre la escuela y la familia, como ?conditio sine qua non? para acometer luego sobre la calidad y demás temas educativos.




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