Cartas de Otoño
"La calesita"
Martes 4 de Abril de 2017Por: Lito Magistris. "No sé si sería la última de la ciudad, pero una de las últimas, seguro...".


LA CALESITA


Sólo la imaginación escapa

                                     Siempre a la saciedad

Stendhal

No sé si sería la última de la ciudad, pero una de las últimas, seguro. Teodoro, el calesitero, era bastante mayor, pero había sido el único en el barrio durante cincuenta años y le costaba resignarse a desmantelar su vieja calesita, venderla como fierro viejo y sentarse en su casa a esperar la muerte. Funcionaba de jueves a domingo, a veces hasta la noche. Varias generaciones habían pasado y veía con gran placer como abuelos y padres traían a sus hijos y nietos a conocer la calesita donde ellos habían andado de chicos, a volver a viajar, aunque sea imaginariamente, en la lanchita, el caballito, el cohete o el autito.

En el rito del cierre, mientras apagaba luces, guardaba asientos, apagaba la térmica del motor y ponía el candado al portón, la imaginación de Teodoro volaba y veía al caballito transformado en Pegaso, al cohete despegando con destino a Marte o al autito ganar las quinientas millas de Indianápolis. Teodoro seguía siendo el niño que fue y, probablemente, disfrutaba más él que los chicos a quienes paseaba.

Fue un domingo después de los ravioles. Teodoro durmió un rato de siesta. Se levantó tipo cuatro y se fue para abrir como cualquier otro día.

Llegó, conectó la corriente, comprobó la tensión para que el motor no fuera a quemarse, engrasó un par de fierros, plumereó un poco por aquí y por allá la ya un tanto desvencijada calesita y se sentó a tomar unos mates mientras esperaba a los primeros clientes, a los cuales les repetía siempre: "Esperamos un poquito a que lleguen otros más ¿sí? Así es más divertido". Ponía un poco de música, se cebaba un par de mates más y ajustaba la sortija mientras "relojeaba" a ver a quién se la iba a dejar sacar y hacía cuentas mentalmente de lo que ganaría ese día.

Fue una tarde extraordinaria, excepcional. ¿Sería el clima, la fecha, los astros? No lo sabía, pero la caja cerró estupendamente. Tanto que se permitió ir por una cerveza al kiosquito de al lado. Se sentó en el cohete, un tanto ajustado. Ya había apagado las luces y bajado la música, así que podía ver el brillo de las estrellas cuando levantaba la cabeza para beber. De pronto sintió un rumor suave, las luces de juguete del cohete se encendieron desconcertándolo pues había cortado la llave general. Escuchó algunos "clicks y clacks", el cohete se desprendió de su barral y comenzó a elevarse alejándose del terreno.

"¡Dios mío, pero si apenas tomé dos traguitos de cerveza!", decía en voz baja. Mirando de reojo veía el techo de la calesita. "¡Que de tierra que tiene!", pensó, pero no pudo seguir pues el cohete aceleró y en menos de diez segundos estaba a kilómetros de altura. "Me voy a morir ahogado, voy a explotar. ¿Dónde me lleva?" Tantas cosas pensaba en un instante que apenas se percató del maravilloso paisaje nocturno que lo rodeaba.

Las luces de la ciudad apenas se veían ya. Arriba, el cielo nocturno, como nunca lo había visto, lo dejaba boquiabierto. "¿Cómo sigo respirando tan bien?" y vuelta a mirar la Luna que aparecía sobre un horizonte lejano.

Entre tantas cosas que lo asombraban, estaba el no escuchar sonido alguno. No había motor, rugido, explosión, humo, zumbido, combustión... Nada. "¿Cómo viaja este cohete entonces?" y otra vez las estrellas. Sonrió. ¿Acaso no era lo que siempre había imaginado? ¿Cuántas veces se había visto con alguna suerte de uniforme pilotear una nave surcando el espacio? "Teo, no jodás más. Disfrutá", se dijo mientras se reía a carcajadas. "¡Iupiiiiiiii!".

Sí, aquel niño, más niño que sus clientes, había salido a pasear por fin. El fresco de la noche susurraba en su cara. Su corazón se inundaba de alegría otra vez y sus ojos, de lágrimas de felicidad.

Fue el kiosquero quien lo encontró caído al lado del cohete. "Parece que se cayó mientras ajustaba alguna tuerca", le dijo al policía, "tiene un feo golpe en la sien. Pobre Teo, era un buen tipo. ¿Por qué tendrá esa sonrisa, no?".


Lito Magistris.

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