Cuentos de otoño
"Aquel día otoñal"
Lunes, 25 de abril de 2016De Sofía Yuvel. "En aquel lugar la vi columpiarse de atrás hacia delante, con la juventud en su sangre y su cabello entonando con la estación... ".

 AQUEL DÍA OTOÑAL

Salí en bicicleta a la plaza del pueblo un doce de mayo. Allí fue donde la conocí; ese día otoñal donde las hojas perdían su vívido color verde y cambiaban en una secuencia de amarillo a marrón hasta desintegrarse y volar a distintas partes. En aquel lugar la vi columpiarse de atrás hacia delante, con la juventud en su sangre y su cabello entonando con la estación, en donde me le acerqué lentamente como si fuera algo peligroso pero maravilloso a la vez. Me senté junto a ella, columpiándome en desigual entonación en un silencio armonioso.

Ese día en la plaza estábamos los dos juntos, dos desconocidos juntos en nuestros respectivos columpios en silencio. Después de un par de minutos que me parecieron eternidad ella se detuvo, me miró y me susurró "¿Cómo te llamás?" Le respondí del modo más seductor que pude encontrar en mi vocabulario: "No puedo decirlo, es confidencial...

Miré a ambos lados dándole un toque de misterio y en un silencio suspensivo le dije:

...Pero puedes decirme Benjamín." Su sonrisa provocó que mi sistema nervioso se estremeciera. Se levantó de su columpio, sonrió y se fue caminando llevando consigo el aroma a rosas.

Me quedé petrificado en aquella hamaca pensando en sus facciones: su cabello castaño ondulado largo que bailaba con el viento, sus ojos color miel que me distraían del mundo real haciéndome balbucear y perder coherencia en mis palabras; esos labios carnosos pero a la vez finos que te hacían desear besarlos...

Entonces caí en la cuenta que no me había dicho su nombre ni su número siquiera, corrí por el mismo camino en el que ella minutos atrás había recorrido con sus delicadas pisadas y ya no estaba. Me había enamorado de su voz melodiosa, pero la había perdido en el mismo tiempo en el que tardó en susurrarme "¿Cómo te llamás?".

Caminé todo el pueblo con la ilusión de ver su sonrisa otra vez para que mi corazón volviera a latir con la intensidad que lo hizo cuando la observé la primera vez, y con la esperanza de ver sus cabellos volando a merced del viento.

Los meses pasaron y a fines de Junio la encontré. La encontré entre mis brazos bajo un álamo con sus hojas ya extraviadas y desparramadas por el descolorido suelo, la encontré entre mis besos cálidos para templar sus fríos labios, la encontré bajo un cielo teñido de nubes grises y una tenue luz solar.

—Te amo, Benjamín. —Me susurró al oído; dos simples palabras, cinco letras que provocaban un latido constante dentro de mi pecho, sílabas que ocasionaban el nacimiento de una sonrisa entre las comisuras de mis labios.

—Te amo, Bianca—le respondí. Fue en ese instante que sentí que era el momento para expresarme sin barreras en el momento que vi sus ojos brillar— Sí, te amo Bianca. Ojalá pudiera explicarte cómo me siento al entrelazar mis manos con las tuyas, lo que siento cuando te rodeo con mis brazos o cuando rozo mis labios con los tuyos, pero es algo inefable. No puedo prometerte que esto sea eterno porque puede ser simplemente efímero, pero puedo jurarte que nunca te faltará el cariño que te mereces. Lo nuestro será inmarcesible, Bianca. No será un combate lleno de gritos ni será una vida con noches desoladas. Tendremos color en cada día que transcurra, porque vos me hacés feliz con tus sonrisas, me hacés feliz con tus palabras elocuentes. Te amo con tus perfectas imperfecciones.

De sus ojos miel comenzaron a salir lágrimas y allí el silencio abundó.

Amaba su presencia en mis días de tristeza porque era capaz de disipar esas nubes grises que habitaban encima de mí constantemente y convertirlo en un día soleado con tan sólo unir sus labios sobre los míos. Éramos esa pareja que muchos veían pero no conocían, esa pareja que caminaba por las calles del pueblo sujetado de las manos riendo de las locuras de la vida que habíamos sobrellevado. De repente, comenzó a brotar un líquido carmesí de su nariz.

—Me desmayaré, Ben—susurró.

La alcé y corrí como si no existiera nada más que ella y yo. Corrí como si sintiera en lo profundo de mi pecho que la perdería. Corrí hasta un hospital cercano, no estudié cinco años para diagnosticarla pero con tan sólo mirar sus ojos que perdían brillo supe que se me iba de las manos el amor de mi vida.

—Te amo...— susurró antes de quedarse dormida.

— ¡Necesito un doctor! ¡Alguien me ayude!—Fue lo primero que articulé al entrar al edificio.

—Tranquilícese, joven. Ahora la atenderán—me aconsejó una enfermera que se encontraba allí.

—No me voy a tranquilizar, ¡mi novia necesita atención médica!—insistí.

Cuando terminé de gritar con Bianca aún en mis brazos al fin salió un hombre a atenderla. Las horas en la sala de espera eran interminables y dolorosas. El tiempo se hacía más corto y seguía sin recibir noticias.

Eran las 20:38 p.m y salió el mismo sujeto de horas atrás.

—Sólo fue un decaimiento. Los estudios salieron bien.

— ¿Dónde está ella?—le pregunté. Me señaló una habitación, me levanté y me dirigí hasta allá.

El pecho se me encogió, y un presentimiento me aterró cuando observé que se encontraba dormida, más pálida que de costumbre, con máquinas conectadas que hacían pitidos constantes de su ritmo cardíaco, con los labios secos y su espíritu decaído. Me senté a su lado y sólo esperé que lo que el doctor me había dicho fuera cierto porque sentía que no era así.

Y así fue. El doctor se había equivocado. Y la perdí tiempo después, entre mis brazos.

Bianca murió en una fría noche de Junio diez años después, donde frío abrazaba tu piel y el sol estaba en su descanso rutinario. Era una noche donde estaba junto a su marido, Benjamín, abrazados para templar su temperatura corporal cuando uno de los dos se enfrío más de lo requerido.

Cuando Benjamín se despertó sintió a su esposa fría, se volteó y encontró lo que no quería ni en sueños ver... Bianca se encontraba quieta del lado de su cama, con los ojos abiertos de par en par, con aquellos ojos miel que nunca más brillarían. Sus labios habían palidecido y su piel había tomado tonalidades púrpura. Benjamín tenía segura una cosa:

Ella había muerto. Y con ella, una parte de él.

La historia que ambos forjaron durante años, se desvaneció con su pérdida. Pero Benjamín, un escritor innato, la convirtió en palabras y allí la mantuvo en la eternidad de las narraciones.

Toda historia una vez hecha literatura, nunca muere. Y así ocurrió con Bianca, ella navega entre oraciones y capítulos que la mente de Benjamín crea, para mantenerla viva, aunque la realidad sea diferente.

Autora: Yuvel, Sofía.


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Comentarios
Miriam
30-04-17 18:58
Q bonito sofi m encanto .FELICITACIONES
Paola
26-11-16 01:22
Cada vez escribes mejor. Tienes un gran futuro ...nunca dejes de hacerlo ni de publicar lo que haces para que todos podamos diafrutar de tu emocionante y profunda obra.
Sofii
27-04-16 19:09
Muchísimas gracias a todos!
Romii
26-04-16 18:34
Sofiii si alargas eso en una novela te la leo entera. Muy muy buena!!!
Oscar
26-04-16 13:55
Hermoso !!!! Muy buena historia Sofi !!!!! Te deseo que cumplas tus sueños !!!! Un beso grande !!!!
Abxel
26-04-16 01:00
Un excelentísimo cuento, como era de esperarse de vos, Sofia. Es hermoso. Seguí así, yo te voy a ver día a día?.
Nico lozano
25-04-16 22:34
Geniaaa!! Mañana lo leo. Se ve muy bueno!! Perri!!
Jani
25-04-16 21:49
Sos fabulosa. Me encantó.
Leonardo Zúñiga
25-04-16 20:24
Una encantadora historia, seguí así, corazón.?
Pia yuvel
25-04-16 20:01
Awwww una hermosa historia ?
Facu Bonilla 3
25-04-16 19:17
Te compro el libro 20 veces mamu
Isaí
25-04-16 18:12
muy buena historia me hizo recordar tantas cosas.
saludos desde México
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